martes, 24 de agosto de 2010

6. Una chica de dos caras.

La mañana del día siguiente era en comparación a las anteriores muy grisácea. Grandes cúmulos de nubes cubrían el azul del cielo dejando apenas pasar unos contados rayos de sol. Cuando Nozomu llegó a la habitación de Nao este estaba extrañamente despierto y casi listo para recibir a su compañera de planta. El pequeño rubio ya tenía ganas de conocer a esa chica que conseguía que Nao se levantará de la cama.

-Esa chica debe de gustarte mucho. -dijo mirando al joven esquizofrénico ir y venir por todo el cuarto.
-No me gusta… -replicó por, lo que le parecía a él, la milésima vez.
-Ya, ya… y esa chica que no te gusta ¿por qué está aquí?
-Tiene trastorno maniaco-depresivo. -Giró la mirada al rubio que le observaba con cara de no haber entendido -Es bipolar…
-¿Es bipolar? Que gracioso. -afirmó el rubio inocentemente.
-¡Nada de gracioso! ¡Es una enfermedad como cualquier otra, como la anorexia o lo que sea, no es cosa de risa y no es para nada como la pintan, para nada! -exclamó en tono indignado.
-Lo… lo siento, ni me he parado a pensar. -contestó Nozomu avergonzado.
-No pasa nada, me pongo muy susceptible cuando alguien se toma a broma este tipo de cosas. Creo que por eso estoy encerrado aquí… -murmuró melancólicamente.

Miró através de los barrotes de su ventana. Nao realmente se alegraba de que Amai fuera a quedarse aunque solo fuera por un tiempo, porque, no sabía cómo, pero cuando ella estaba Tsuke no asomaba su enmarañada cabeza. A veces pensaba que era como si la tuviese miedo.

-¿Nos vamos ya? -volvió a hablar tras esos segundos de silencio.
-¡Sí! -contestó sonriendo ampliamente el joven rubio. -Tengo mucha intriga por saber como es tu novia.
-No es mi novia… -replicó Nao ya algo resignado.

Bajaron las largas escaleras que conectaban la cuarta y primera planta del pabellón residencial. Las plantas tres y cuatro estaban casi deshabitadas la única con algo de actividad era la segunda. A Nao no le importaba no tener “vecinos” en su misma planta, puesto que no le gustaba relacionarse con nadie, pero a veces agradecía poder hablar con alguien real, no solo con Noa.
Al llegar a la recepción pudieron ver a Sachiko hablando animadamente con una joven bastante alta y esbelta con una enorme sonrisa dibujada en su cara. Su pelo era negro, como el de toda buena japonesa que se precie, y cortado a media melena. Llevaba una ropa que resultaba demasiado infantil para su edad.

-Mira quien viene por ahí. -dijo la enfermera al darse cuenta de que los dos chicos habían llegado.
-¡Nao! -exclamó la chica mientras corría apresuradamente a él.
-Hola Amai -contestó calmadamente, mientras ella saltaba a engancharse del cuello del chico en un efusivo abrazo que casi le hace caer.
-¡Cuánto tiempo! ¡Te tengo que contar muchas muchas cosas! -se separó de él y se que mirando unos segundos mirando fijamente a Nozomu con sus enormes y almendrados ojos pardos. -¿Y este niño quien es?
-Un conocido…
-Me llamo Nozomu Nozomi, encantado. -siguió el aludido.
-¡Eres una monada! -volvió a gritar ella achuchándolo demasiado fuerte para el delicado rubio. Nozomu era notablemente más bajito que la chica por lo que la situación era algo incomoda.
-Esto… me vas a ahogar…
-¡Uy! Perdón, es que eres una cucada. ¿Cuántos años tienes? -preguntó ya aflojando el abrazo.
-Diecisiete. -Amai le miró algo incrédula.
-¡Venga ya! ¡Como vas a ser solo un año menor que yo!
-Es verdad, Amai, es anoréxico, creo que por eso dejó de crecer.
-No soy anoréxico, en mi familia todos somos bajitos.
-¡Haber empezado por hay! Creí que me tomabas el pelo. Como ya sabes yo soy, Amai Akatsuki, soy amiga de Nao.
-Yo soy nuevo en este hospital solo llevo aquí una semana.
-¡Oh! Con que un novatillo, hay que ver, me ausento unos días y todo lo que cambia este sitio. ¿Qué tal? ¿Cuál es tu doctor?
-La señorita Tsubaki.
-¿La del pelo teñido de morado? Parece muy estricta y seria, pero es amiga de Mizu-chan.
-¿Mizu-chan? -preguntó Nozomu algo sorprendido.
-Nuestra doctora Mizuki. -aclaró Nao.
-Has tenido suerte ella solo se preocupa por su niñito. -mormuró refiriéndose a el castaño.
-Yo no soy el niñito de nadie.
-No poco, solo te sobre protege.
-Lo que tu digas, no voy a pelearme contigo por este tema.
-Porque sabes que llevo razón. Bueno, voy a llevar mis cosas a la habitación.
-Te acompañamos. -habló espontáneo Nozomu.
-Todavía me acuerdo de cómo se va, no me perderé. -bromeó la recién llegada.
-Te advierto que es muy testarudo.
-Me acostumbraré a él. -concluyó sonriente.

Subieron las escaleras para dejar la no demasiado grande maleta de Amai. Al pasar el segundo tramo de escaleras, en la tercera planta, al pasar por delante de la puerta cuyo número era el 197 Amai apoyó el oído en la entrada como si se tratara de espía de una novela detectivesca intentando escuchar una conversión secreta.

-Tranquila, Hanako no está. -inquirió Nao al ver el gesto de su compañera.
-Menos mal. Juro que no aguanto a esa… esa… no sabría como describirla.
-¿Quién es Hanako? -preguntó Nozomu lleno de curiosidad.
-No quieras saberlo te lo reaseguro. -advirtió la morena sin despegar la oreja de la puerta.

Pasaron al fin el último tramo de escaleras y volvieron a parar ante una habitación esta vez la 204. El cuarto de Amai estaba plagada de fotos de cachorros de distintas especies animales y macetas de las que salían pequeños brotes verdes. Esta decoración le daba un aspecto mucho más alegre que el del cuartucho de Nao, pese a que la distribución de los muebles y el color de las paredes se mantenía estable en ambas.

-Está tal y como la había dejado la última vez.
-¿Te gustan mucho los animales? -interrogó Nozomu observando las fotos de las paredes.
-¿Se nota mucho? -volvió a preguntar la chica a modo de contestación -Me encantan no se como la gente puede hacerles daño… Mira a esta cosita. -dijo con un tono bastante teatral señalando una imagen de un cachorro de foca revolcándose por el suelo nevado -¿Cómo puede alguien mirar a esta monería y tener el poco corazón de matarla a palotazos? Y no contentos con ello, luego arrancarles la piel y dejarlas hay tiradas en la nieve… Son unos monstruos.
-Pobrecitos, es horrible… -concluyó Nozomu poniendo una adorable expresión -¿A ti no te da pena, Nao?
-Ni me va ni me viene. -contestó el aludido en tono seco.
-¿Cómo dices eso? Míralo, si te está pidiendo que lo achuches con esos ojazos de bebé foca que tiene.
-Déjale. El es una de esas personas a las que no le parecen tiernos los animalitos. Cambiando de tema… ¿Has visto ya a los conejitos?
-¡¿Hay conejos?! Yo solo vi a las tortugas del estanque.
-Pues ven conmigo yo se donde están.
-¡Genial! Ya tenía ganas de ver a los animalillos que me dijeron que había.- exclamó el rubio con su cara llena de ilusión -Tenías razón Nao, Amai y yo nos vamos a llevar muy bien.
-*¡Sorsupuesto! -continuó ella cometiendo uno de sus habituales errores de pronunciación, cosa de la que Nozomu no pareció percatarse -A partir de ahora te nombro mi segundo mejor amigo. ¿Te parece bien?
-¡Pues claro que sí!

Nao les miró a ambos con una cara que mostraba una mezcla de incredulidad y resignación.
“¿Cómo podrá el mundo aguantar tanta energía reconcentrada en un mismo punto del universo?” Dijo Noa con cierto tono satírico. “No se como lo soportas tú, pero yo me estoy poniendo histérico.”

Nao no respondió a las palabras de su propia cabeza. Solo se dedicó a fijar la mirada en sus dos compañeros que daban pequeños brinquillos ilusionados mientras preparaban su plan de captura de conejos. Ya sabía él que ese par iban a hacer buenas migas. Se habían ido a juntar el hambre con las ganas de comer. Irónico por otro lado.

-Vamos, luego colocaré mis cosas. No hay tiempo que perder. - finalizó la joven haciendo el ademán de marcharse.

Amai, con paso firme y decidido, recorrió un largo trecho seguida por los dos chicos, has ta llegar a los jardines. Al este del centro había un pequeño para que los más jóvenes de los pacientes se divirtieran y un par de pistas para practicar distintos deportes. Y cerca de esta zona de recreo había un pequeño recinto de forma indefinida delimitado por unos altos y rigurosamente decorados barrotes. Era una zona de paseo cuya única utilidad era simplemente relajarse, leer o echarse a descansar en la hierva. Miraras donde mirases veías alguna planta o flor que llamaba tu atención. Nozomu giraba la cabeza de un lado a otro en una fuerte negación para no perderse ni un solo detalle. La primavera de aquel mayo había conseguido que los árboles y plantas estuvieran en su época de mayor esplendor.

La chica se paró en seco indicando a sus compañeros que hicieran lo mismo con un rápido gesto. Ninguno hizo ningún tipo de ruido. Amai se acercó sigilosamente a un pequeño agujero que había en el suelo. El rubio no quitaba la mirada de encima a su nueva amiga mientras esta rebuscaba en el hoyo para sacar de él un peludo conejito que se retorcía para que lo soltara hasta que la chica lo cogió de un modo mejor.

-Toma Nozomu. Agárralo así que si no se mueve mucho. -explicó ella cediéndole el animalito.
-Tiene las uñas muy largas, hace daño.
-Bueno, veras como si lo acaricias dentro de nada se calma.
-Bicho orejón. -murmuró Nao.
-¿Pero porqué no te gustan? -dijo la morena en tono indignado.
-No sé…

Nao y Amai empezaron un debate sobre los animales. La chica daba enérgicamente sus argumentos mientras que a él no parecían hacerle cambiar de idea. Nozomu sonrió al conejito que seguía sin calmarse. Finalmente el animal logró zafarse de las delgadas manos del chico y salir corriendo, la primera reacción del joven fue perseguirlo dentro del bosque sin que ninguno de los otros dos se diera cuenta. Zigzagueó unos cuanto metros entre los arbustos hasta que el animalillo se vio atrapado por el monstruoso rubito que logró atraparlo. Después de su captura miró a su alrededor pues no sabía muy bien donde estaba, se había despistado. Pero su ojo verdes volvieron a clavarse en algo que llamó su atención. Era una chica castaña que parecía dormida. Se acercó a ella y la miró fija y curiosamente como si comprobara que respiraba.

-Chica… -se decidió a hablar para comprobar si le escuchaba. -¿Estas despierta? ¿Te pasa algo?
La chica castaña abrió lentamente los ojos turquesa como si tuviera que volver a acostumbrarse a la luz.
-No… gracias, no me pasa nada. -contestó ella con un dulce hilo de voz..
-Menos mal… -siguió Nozomu fijándose en la tristona expresión que tenia la desconocida. - Pensé que te encontrabas mal o algo así. ¿Quieres coger un conejito? -explicó ofreciéndole un pequeño y peludo animal que llevaba en brazos pensando que la ayudaría a alegrarse.
-No muchas gracias. -musitó ella.
-¿Seguro? Dicen que coger animalitos ayuda a relajarse, anda toma, yo ya cogeré otro. -dijo el chico poniendo al conejo en brazos de la castaña.
-Bueno, vale…
-¡Nos has dado un susto de muerte, creíamos que te habrías perdido! -Exclamó Amai apareciendo detrás de unos arboles que no había muy lejos.
-Eso y deja en paz a la gente, ¿no ves que puedes molestar? -continuó Nao mientras ambos se acercaban al rubio.
-Pero es que la vi aquí sola y me asusté.
-Tu siempre eres un incordio. -continuó el castaño.
-No si no me molestaba… -intentó hablar la desconocida mientras los otros tres discutían.
-Veis, no la he molestado. -mostró Nozomu con tono de auto suficiencia. -Bueno nos marchamos, cuida bien al conejito. -finalizó dirigiendo sé a ella mientras se despedía con la mano.

-Nozomu… ¿por qué le has dado el conejito a esa chica? ¿No te gustaba? -preguntó Amai algo apenada por eso.
-Claro que me gustaba pero vi a esa chica que parecía muy triste… no sé quería animarla.
-De bueno eres tonto. -volvió a musitar Nao
-Nuestro Nono es un buenazo. -rió Amai pellizcando a Nozomu en la mejilla
-¿Nono? -cuestionó el rubio algo extrañado.
-Nozomu Nozomi, No-No, ¡Nono! Claro y en botella. -aclaró ella como si fuera obvio.
-A ver dejad vuestras tontas discusiones y vamos al pabellón que Mizuki-san querrá hablar contigo, Amai.
-Vale, vamos para allá. ¡Os echó una carrera! ¡El último que llegué es un bicho bola!-exclamó echando a correr.
-¡Eh! ¡Tramposa! ¡Yo no quiero ser un bicho bola! -siguió Nozomu haciendo lo mismo.

Nao volvió a mirarles alejarse, se iban a llevar muy bien, pero por otro lado sus días tranquilos definitivamente habían terminado.

sábado, 14 de agosto de 2010

5. La línea entre locura y realidad.

La primera semana de ingreso de Nozomu pasó más rápido de lo que él mismo esteraba. Sus padres fueron a visitarle ese fin de semana tal y como le habían prometido mil y una veces, aunque Nao se había negado a ser presentado como su nuevo amigo. Por otra parte ya empezaba a conocer algo mejor a la gente que allí residía, pero Nao seguía siendo autentico misterio y solo conseguía que quisiera conocerle más.

Eran ya pasadas las siete y media, el nervioso rubio ya estaba en pie y dispuesto ha hacer todo lo que pudiera en las siguientes veinticuatro horas, dentro de lo que se podía hacer en el centro. Se vistió lo más rápido que pudo y subió extasiado las escaleras hasta la quinta planta, que en realidad era la cuarta. Con un sonoro grito irrumpió en la habitación de Nao que todavía estaba acurrucado en su cama como una marmotita.

-¡Buenos días! -oír la exclamación del rubio Nao se rebulló entre las sábanas molesta y pesada mente. -He dicho: ¡Buenos días! -insistió Nozomu.
-Déjame, tengo mucho sueño. -reclamó con voz adormilada.

Desde hacía casi una semana que Nozomu entrara en el cuarto 202 se había convertido en el ritual de cada mañana.
El interior de ambas habitaciones ,202 y 184, era calcado, como seguramente todos los demás del centro. Con la única diferencia de que el cuarto de Nao si contaba con servicio, cosa que la suya no. Y otros pequeños detalles como que en el cuarto del castaño no se podía caminar sin toparte con algo impidiendo el paso, en cada rincón habitaba un block o una carpeta, lienzos o simplemente folios en blanco. Los pinceles esparcidos por todo el escritorio junto a una colección de desgastados utensilios de dibujo. Y un caballete con un gran lienzo manchado de distintos colores que dificultaba el paso ya que ocupaba gran parte de la habitación.

-¡Vamos tío no seas vago! -replicó el chico de aspecto infantil mientras meneaba a su nuevo amigo.
-Soy un vago… déjame en paz. -contestó Nao tapándose la cara con la manta.
-Hace ya media hora que Hanabi ha abierto las puertas de las habitaciones. -explicó mientras se sentaba encima suya, eso era muy común en él.
-¿Y? Ayer no pude dormir bien y estoy cansado. -aclaró sin acabar de abrir los ojos.
-Y se puede saber que estuviste haciendo.
-No, no se puede saber.
-No era una pregunta era una afirmación. Si no me lo dices empezaré a pensar mal.
-Mira lo que me importa lo que pienses.
“Este chico es realmente molesto” comentó Noa en el interior del castaño.
-Sí, un poco. - murmuró el joven esquizofrénico sin darse cuenta.
-¿Un poco, qué? -preguntó Nozomu sin comprender lo que decía su interlocutor.
-No nada solo es que sigo algo adormilado. -se excusó mientras se incorporaba casi tirando al rubio que seguia encima suya.
-Visteté deprisa que hoy me pasan consulta y todavía tenemos que ir a desayunar.
-Que raro que tu digas eso…
-Ya te he dicho que yo no soy anoréxico y además los cereales integrales no engordan.
-Lo que tu digas. -dijo a la par que desaparecía tras la puerta del pequeño cuarto de baño.

Nozomu volvió a recorrerlo todo con sus nerviosos ojos verdes. Examinó curioso uno de los lienzos que había apilados junto a la mesa. La mayoría no tenían formas, eran abstractos, pero en otros se podían distinguir, echándole algo de imaginación, claras deformaciones de la realidad. En esas extrañas obras aparecía un escalofriante personaje de cabellos castaños e inmensos ojos redondos sin colorear. Tenía en todas una expresión extremadamente triste a la par de macabra para la sencillez del diseño. Nozomu dedujo que se trataba del propio Nao. No solo él otros intrigantes muñecos aparecieron, entre ellos pudo distinguir a la señorita Mizuki, la doctora de Nao, pero a los demás no conseguía relacionarlos con nadie que conociera.

-¿Qué haces cotillo? -inquirió el dueño de los lienzos ya vestido y más o menos peinado con su coleta baja. Nozomu pegó un pequeño y agudo gritito de la sorpresa.
-¿Yo? Nada. -contestó disimulando nerviosamente.
-Pero si te estoy viendo.
-Ya, es la costumbre. La gente suele enfadarse si hurgo en sus cosas sin permiso.
-Normal, lo raro es que les gustara. ¿Bajamos ya? -preguntó quitándole los lienzos algo brusco.
-El dibujo del pelo castaño eres tu, ¿a que sí?
-Si soy yo. Se que son dibujos muy feos.
-No son feos… solo… un poco raritos. ¿Quiénes son los demás?
-Nadie en especial, solo gente que conocía, o simplemente me los he inventado. ¿Nos vamos?
-¡Sí! -exclamó sonriente el curioso rubio.

Caminaron un par de minutos conversando, mejor dicho Nozomu hablaba como buen parlanchín que era mientras Nao caminaba y cada pocos minutos decía un “Sí”, “Ya” o “Ajá” para indicar que le escuchaba. Parecía preocupado por algo y no dejaba de torcer la mirada intentando que su emisor no se diera cuenta. Cosa que no resultaba demasiado complicada porque aunque Nozomu fuera un gran observador iba tan centrado en lo que contaba que no se percataba de nada. Desayunaron, como era su plan inicial y seguidamente te volvieron a despedir para que Nozomu acudiera a su revisión semanal.
Nao, por su parte comenzó a caminar al lugar aquel que odiaba con todo su corazón. La verja. Aunque fuera donde fuera acabaría allí. Unos altos barrotes metálicos que parecían llegar hasta poder arañar el cielo aunque no superaran los cuatro metros de largo. Se sentía tan insignificante a su lado, odiaba ese sentimiento, era tan patético, tan lamentable… que envidia le daba el cielo. Se apoyó en ella y al notar el frío acero de las barras metálicas en su espalda suspiró pesadamente.

“Parece que por fin tienes un poco de valor.”
-En realidad no. Pero siempre será mejor que si coge celos.

Ambos, Nao y Noa, guardaron unos minutos de silencio que a los dos le parecieron horas. Esperaban a alguien. Alguien que lentamente apareció entre los árboles que crecían en aquel jardín. Era un hombre joven, no llegaría a los veinticinco años; era bastante alto, sus cabellos alborotados sin ningún orden eran del color del más oscuro de los cielos nocturnos y sus ojos rasgados maliciosamente estaban teñidos por pigmentos de rubíes resaltados tremendamente por el contraste de su tez que por pálida casi parecía espectral. Pero su expresión era la que deformaba lo atractivo que hubiese podido llegar a ser ese hombre, aquella expresión que casi sobrepasaba la línea de la locura.

-Buenos días Nao. -murmuró con voz profunda mientras se acercaba a él con movimientos casi felinos.
-Déjate de tonterías, Tsuke. -contestó Nao con el mismo tono de voz intentando parecer calmado ante la presencia de ese hombre.
-No me trates así Nao que me voy a poner triste. -hablo intentando parecer meloso y dulce aunque lo único que lograba era dar más miedo. Mientras las palabras se escapaban de él había empezado a pegarse demasiado al castaño que se aplastaba contra los barrotes. Ya podía empezar a notar su respiración chocando en su oído moviendo algunos de los cabellos que no se escapaban de su coleta. -Sabes que solo me preocupo por ti.
-¿Tú te preocupas por mi? -replicó intentando poner algo de espacio entre ellos dos.
-¿Lo dudas? -contestó con otro interrogante acortando más la distancia inexistente. Las frías barras ya comenzaban a clavarse con fuerza en la espalda de Nao.
-Tsuke… me estás haciendo daño. -se quejó tímidamente asustado notando como no tomaba el aire necesario.
-¿Quién ese niñito tan mono que no se despega de ti ni con agua caliente? -dijo ignorando las quejas de su atemorizado interlocutor.
-¿Qué te importa?
-¡Uy! ¿Nos vamos a poner valientes a estas alturas de la película, gatito? ¿Vas a sacar las uñitas? Dime quién es ese crío. -exigió aplastándole un poco más.
-¡Ah! Na… nadie.
-Con que me ausento unos días y te haces un nuevo amigo.
-No es mi amigo, solo es un pesado que no deja de perseguirme como si fuera mi sombra. De verdad Tsuke.
-No se porqué pero no te creo.
-Ya sabes que yo no tengo amigos.
-Pero siempre hay una primera vez para todo. ¿No es lo que dicen? Asíque más te vale que no se te pegue demasiado, tú eres mío, no quiero tener que demostrarlo de alguna manera desagradable. Ya me entiendes.
-Ya, ya lo sé, pero no es culpa mía.
-Tienes toda la razón pero yo estoy en mi derecho de reclamar lo que me pertenece.
-Yo no soy un juguete… -susurró como si quisiera que no le oyera.
-Entonces… -musitó con voz maliciosa pegando sus labios al oído del castaño tanto que podía notar como se movían con cada palabra.- ¿Qué eres? Dime. ¿Qué eres? ¿Un enfermo? Eso es lo que eres un pobre esquizofrénico al que no le dejan salir de su jaulita. ¿Acaso es eso mejor que ser mi juguete? Aparte de a mi ¿a quien más le importas? Si te murieras ahora ¿quién te echaría de menos? Creo que puedo arriesgarme a decir que solo yo. No tienes amigos, no tienes familia, solo tienes un montón de pinturas para consolarte y una voz en la cabeza. Desde luego una gran compañía. Y para colmo la gente huye de ti, ese lindo niño rubio no va a ser una excepción. Lo que deberías es de estar agradecido de que me digne a jugar con un loco como tú. Entonces… ¿qué tienes que decirme?
-Lo… lo siento Tsuke. No quería enfadarte.
-¿Vas a volver a discutirme?
-No, de verdad, no lo volveré a hacer. -murmuró realmente avergonzado.
-Así me gusta, que seas un buen chico. -concluyó separándose al fin de él mientras acariciaba los cabellos que caían sobre su frente -Nos vemos Nao.

El castaño miró como Tsuke se alejaba lentamente por los laberínticos de centro. El susto todavía residía en su cuerpo, respiraba entrecortadamente como si alguien se hubiese llevado el aire a su alrededor. Intentaba autocontrolarse pero su nerviosismo era bastante mayor. Todo su cuerpo temblaba incontroladamente, moviéndolo a impulsos bastante extraños.

“Valla, al final ha podido contigo, no sé por qué me extraña.” Replicó la voz.
-Cállate. -consiguió decir con el poco oxígeno que lograba captar con sus agitados pulmones. Se dejó caer y una vez en el suelo escondió la cara entre las rodillas intentando calmarse. -Nadie a pedido tu opinión.
“No es mi opinión es la verdad.”
-¡Te he dicho que te calles!
“No quiero, tú no mandas en mí. ¿Qué me vas a hacer? Soy solo una voz.”
-¡Cállate! -chilló esta vez con mucha fuerza. Sonido tras el cual un gran silencio se produjo a su alrededor.
“¿Qué vas a hacer ahora?” volvió a hablar esta vez en tono amable.
-No lo sé, Noa, no tengo ni idea.
-¡Estabas aquí! -exclamó la aniñada voz de Nozomu desde algún lado que Nao no alcanzaba ver. Cuando de pronto salió de entre unos arbustos aparentemente imposibles de atravesar.
-¿No sabes ir por un sitio normal? -sonrió Nao al ver al rubio cubierto de hojas y ramas.
-Es que por aquí tardaba menos. Te oí gritar y me asusté. ¿Con quién hablabas?
-Con nadie, solo un pesado que no me deja en paz. Pero la próxima vez aparece como una persona ¿vale? -contestó quitándole una hoja que se le había enredado en sus cabellos rubios.
-Si tú me avisas si vuelven a molestarte.
-¿Vas a venir tú a rescatarme?
-Sí ¿algún problema? -contestó en tono altivo.
-Que no pareces muy imponente que digamos.

Ambos continuaron hablando camino al pabellón. El paseo se hizo más ameno que el de la mañana, Nao parecía más relajado pero aun así pensativo. Al entrar en el edificio Sachiko, que presidía la recepción, se dirigió al castaño con una amplia y alegre sonrisa.

-Nao, mañana viene Amai.
-¿Cuánto tiempo se queda esta vez? -preguntó girándose para verla esbozando una ligera sonrisa.
-Semana y media. A ver que tal va. Esperemos que le pille en buena temporada.
-Esperemos. -finalizó él siguiendo su camino al comedor.
Nozomu le miró con sus enormes ojos verdes inmensamente abiertos y llenos de intriga.
-¿Quién es Amai? -preguntó al fin.
-Una conocida.
-Con que una conocida ¿eh? Ahora se las llama así. -respondió en tono sarcástico el rubio.
-Haz el favor de no pensar cosas raras.
-Pues se te ve muy contento. -insistió dando le pequeños codazos.
-Anda vamos. -cortó Nao empujando al rubio por la espalda.
-¡Va cuenta! ¿Es guapa?
-No lo sé.
-Cómo no lo vas a saber, mentiroso.
-Olvídame. Ya la verás mañana.

Aunque quisiera negarlo se alegraba de que llegara Amai. Tenía ganas de que conociera a Nozomu, seguro que se llevarían bien.

lunes, 9 de agosto de 2010

4. Amitad platónica.

Nozomu permanecía sentado en aquella dura silla de plástico gris. Los nerviosos ojos del rubio se movían como arañas verdes por todos los rincones de la consulta, como si pretendiera memorizar cada rincón. La habitación en las que se encontraba era casi en su totalidad blanca sobriamente decorada con una mesa central y unas sillas iguales a la suya, unos cuantos armario repartidos por las esquinas y en la pared había colgados unos extraños, y a su opinión macabros, dibujos hechos por unos niños pequeños. ¿Por qué sería que unas criaturas tan inocentes crearan esas cosas? Con un ojo más alto que otro, los brazos saliendo del cuello…

La hora de consulta estaba ya bastante avanzada, la señorita Tsubaki, su psicóloga era una mujer bastante atractiva de aspecto serio pero amable. Llevaba el pelo teñido de un curioso color violeta y sus ojos eran del color de las olivas.

-Bueno Nozomu, ya hemos acabado por hoy. -concluyó la mujer guardando un cuaderno que había sacado para tomar notas de lo que le interesaba, aunque Nozomu estuviera convencido de que lo que hacía era dibujar tortugas en los márgenes como solía hacer él en clase de matemáticas cuando se aburría.
-¿Entonces me puedo marchar?
-Sí por supuesto no te voy a retener eternamente.
-Señorita… -dijo él empezando a levantarse de la silla. -¿Puedo preguntarle una curiosidad que tengo?
-Claro, puedes preguntar todo lo que quieras.
-Es sobre un chico llamado Nao. Le conocí el otro día, bueno… ayer.
-Con que ya conoces a Nao, es difícil no saber quien es cuando resides aquí.
-Me gustaría saber por qué está aquí.
-Bueno, no sé si debería contártelo ya que la última vez se enfadó. Es una historia muy larga de la que no conozco los detalles.
-Entiendo… -contestó el joven algo apenado por la respuesta de su doctora.
-Pero ahora que sacas el tema, la doctora Mizuki, la psicóloga de Nao, y yo habíamos pensado que os vendría a ambos muy bien algo de compañía. Puesto que tu eres el único chico de la segunda planta y él, creemos que una persona de su edad que le escuché y con el que no tenga la presión de que parezca estar siendo interrogado. Ya sé que esto de la amistad es algo que no se controla y no se puede forzar, además que Nao no suele ser demasiado amable y comunicativo pero…
-No hay ningún problema. Yo me haré amigo suyo. -sonrió ampliamente convencido de lo que decía.
-Bien, pues entonces todo irá bien, ya no te molesto más por hoy. -siguió la mujer con el mismo tono amable que usaba el chico.
-Me voy, hasta luego doctora.
-Adiós Nozomu.

El chico rubio abandonó la sala de consultas para hacer lo mismo con el pabellón D, donde pasaban consulta y residían, e ir a buscar a su nuevo y platónico amigo. Quería darse la mayor prisa que pudiera por que pronto sería la hora de comer, o como la llamaban en su planta una de las chicas que había conocido “la hora de la tortura”. Al pisar el suelo exterior notó una fuerte y agradable ráfaga de viento con cierto aroma a las flores que había plantadas por todo el jardín. Ese aire logró volver a accionar la nariz de Nozomu que había estado taponada por el desagradable olor a hospital. Corrió unos cuantos metros tras los cuales pareció cansarse. Aquel sitio era tan grande y laberíntico que temió volver a perderse o no encontrar a Nao. “A lo mejor Nao ya ha ido a la cafetería” pensó empezando a caminar intentando dibujar en su memoria el plano que había visualizado esa misma mañana. Tenía muchas ganas de volver a hablar con él, era una autentica caja de sorpresas. A Nozomu siempre le interesó conocer gente nueva y distinta, y el castaño tenía pinta de ser de lo más distinto. Iba a ganarse su confianza como fuera.

Entró en el comedor, en él ya estaban reunidas alrededor de una larga mesa sus compañeras de planta todas “intentando” comer. Cambio el rumbo que trazaban sus ojos verdes hasta encontrar a Nao sentado en una de las mesas de la esquina. Nozomu chistó un par de veces para que el castaño se percatara de que estaba ahí. Cuando él hizo una señal de haberle oído el rubio fue al rencuentro de sus compañeras que eran vigiladas esta vez por Sachiko. Se dieron los correspondientes saludos y se dispuso a sentarse.

-Nozomu… -empezó la joven enfermera sin dejar que acabara la acción. -Me ha dicho la señora Tsubaki que si quieres te puedes sentar con Nao.
-¿En serio? ¡Que bien! -exclamó alegremente cambiando de sentido para ir junto al que Nozomu había nombrado “nuevo amigo”. La enfermera se levantó también y le siguió hasta la mesa. El chico ya se había acoplado rápidamente en la silla enfrente de Nao.
-Vigila que coma. -susurró la sonriente Sachiko lo suficientemente alto como para que Nozomu la oyera. -Voy a por tus pastillas, ahora mismo te las traigo.
-No las iba a echar de menos. -contestó él, mientras la enfermera se alejaba.
-¿Qué pastillas? -preguntó curioso musitando como si fuera un tema prohibido.
-Son solo tranquilizantes y antidepresivos.
-¡Ah! ¿Y están buenas?
-Pues como todas las pastillas. Valla pregunta.
-Sabes que ahora mismo parecemos un par de yanquis hablando de lo que nos vamos a tomar esta noche. -rió el rubio ampliamente mientras que Nao solo esbozó una ligera sonrisa.
Sachiko volvió a acercarse a ambos chicos entregando al más alto de los dos un pequeño vaso con unas capsulas de colores.
-Toma guapo. -dijo ella ofreciéndole el recipiente para luego volver a sentarse junto a las pacientes de la segunda planta. Nozomu no pudo evitar que sus ojos verdes siguieran los pasos de la mujer hasta que se sentó.
-Desiste, tiene novio. -insinuó Nao mirando fijamente su medicación.
-Ya me lo imaginaba, además es muy mayor para mi.
-¿Cuántos años tienes? -inquirió el castaño aunque realmente poco le importaba.
-Diecisiete. Cumplo los dieciocho en febrero. ¿Y tú?
-Uno más que tu, y los cumplo el tres de noviembre. O eso es lo que dice mi ficha, si por mi fuera no me acordaría.
-¿Por qué no ibas a acordarte?
-Hace muchos años que no lo celebro. Recuerdo que era en otoño pero hasta que no me lo dijeron no lo recordé. Se me había olvidado totalmente la fecha.
-Que mal… ¿pero por qué no lo celebrabas?
-Prefiero no hablar más de ese tema. -contestó desviando de nuevo la mirada. -Pero tu no aparentas tener diecisiete años, pareces más pequeño.
-Ya sé que tengo un aspecto bastante aniñado.
-Tu eres del club de los palillos, ¿no? -dijo con un tono algo despectivo.
-¡Oye! -exclamó claramente ofendido.
-Lo siento. -se disculpó no demasiado convencido. -Nunca había tenido que hablar con nadie de esa planta. Yo soy de la de los que de tornillos no van sobrados, valla que estoy pirado.
-Pues no tienes pinta de estarlo.
-Porque ahora estoy tranquilo, pero no me digas que ayer no pensaste que estaba loco.
-Pues no, no pensé que estuvieras loco más bien pensé que yo era extremadamente feo como para asustarte así. -bromeó Nozomu volviendo con su amplia sonrisa.
-Pues los pesados de los médicos no me dejan salir de aquí, así que figúrate como estoy de loco.
-Bueno, no sabría que decirte. Yo en realidad no estoy enfermo.
-Si te han encerrado aquí será porque sí lo estás.
-Yo no soy anoréxico, sólo no quiero ser una foquita.
-Pues lo has conseguido. Un poco más delgado y ni sombra tienes.
-Yo puedo volver a comer cuando quiera, lo que pasa es que no quiero.
-Por mí haz lo que te de la gana, al fin de al cabo es tu cuerpo.
-Estupendo, porque tengo un súper truco para no tener que comer demasiado, pero si tengo ha alguien vigilándome no me sirve de nada. -dijo en un susurro para que nadie le oyera mientras juntaba las manos a modo de petición.
-Quieres que haga la vista gorda. -afirmó Nao muy seguro de ello. -Vale, pero tu sabrás a lo que te arriesgas.
-Muchas gracias Nao, menos mal que tu si me entiendes.

Nao miró disimuladamente a otro lado, prefería no saber que truco era ese. A él no le interesaba nada ni nadie ya que nadie se había interesado por él. Esa era su filosofía, vivir por y para Nao. Podía sonar egoísta pero era lo que pensaba y no lo iba a negar. Además ese era el problema de Nozomu, bastante tenía ya con aguantar la esquizofrenia, a Noa y al pesado de Tsuke, no estaba como para cargar con un criajo anoréxico e irresponsable que para colmo le empezaba a caer bien. Eso no podía terminar de un buen modo.

Ambos acabaron y se prepararon para marcharse, Nao quería ir a su cuarto a seguir dibujando pero Nozomu insistió en que le ayudara a encontrar la sala de ordenadores porque necesitaba ver algo “súper mega hiper ultra importante” , como había dicho él. Así Nao no tuvo más remedio que posponer sus planes y acompañar al pequeño rubio a la sala que quería, aunque realmente no estaba demasiado lejos. Caminaron no más de un par de minutos por los escalofriantemente silenciosos pasillos del pabellón central, los susurros de la aguda voz de Nozomu resonaban por ellos pese a que el chico intentara hablar lo más bajito que su volumen le permitía. Nozomu era uno de los más charlatanes que el castaño había conocido en su vida. Y para colmo Noa también empezó a dar su opinión sobre lo molesto que era, sería que al ser una voz no se daba cuenta de que el resultaba igual de incordio, entre los dos conseguirían volverle más loco de lo que ya lo estaba. La cabeza le iba a estallar, tenia que callar a uno de los dos y puesto que a Noa no podía optó por el rubio.

-Cállate, por Dios. Me vas a volver loco. -musitó tapando la boca de su acompañante, que le miraba con sus ojos verdes llenos de sorpresa.
-Vale, vale. -concluyó Nozomu algo decepcionado.

El gesto del castaño había echo que Nozomu se sintiera algo incomodo. El no quería molestarle, todo lo contrario él solo pretendía caerle bien. Esperaba no haberle ofendido con alguna de sus numerosas palabras. No le gustaría volver a meter la pata a la hora de hacer nuevos amigos, ya que aunque el fuera muy sociable y extrovertido desde que dijo algo que debería haberse callado las amistades de las que contaba se podían contar con los dedos de una sola mano. Así que decidió callarse aunque el silencio fuera una de las cosas que más le incomodara.

Al llegar al la sala de ordenadores, el rubio cogió un rápido asiento delante de uno y ofreció a Nao una silla a su lado para que este te sentara. Al castaño no le apetecía para nada hacerlo, pero que remedio, si se lo decía con una cara rebosante de ilusión. Aparte de ellos en la habitación solo había unos grupillos de niños que seguramente jugarían a algo muy entretenidos. Los delgadísimos dedos del rubio se movían realmente ágiles por el teclado, sorprendiendo a Nao que no estaba acostumbrado a usar esos aparatos.

-¡Jopeta! -se quejó Nozomu al ver que no conseguía lo que querría.
-¿Qué te pasa? -preguntó Nao que no había estado para nada atento a lo que hacía su compañero sino más bien en como se desplazaban sus rápidas manos por el ordenador.
-La pagina está censurada, debería haberlo supuesto. -contestó llevándose la uña del pulgar a los dientes con gesto pensativo.
-¿Pero en que clase de sitios te metes tu? -volvió a preguntar con tono de un ligero susto.
-¿A ver que cosas te vas a imaginar? Solo es un foro, pero como en él se dan trucos para adelgazar pues lo han prohibido.
-Vamos un foro “pro-ana”.
-¡No! No es un “pro-ana”, ya te he dicho que yo no tengo anorexia. Y para colmo no me he traído las gafas y me escuecen los ojos. ¿Nos vamos y me ayudas a encontrar el animalito? -finalizó cerrando el ordenador.
-¿Qué animalito?
-El que me han dicho que hay. Así seguimos hablando y nos conocemos mejor, que como soy nuevo necesitaré a alguien para adaptarme.
-Bueno vale. -contestó Nao volviendo a tener que cambiar sus planes.
-¡Genial! -exclamó levantándose más rápido de lo que se había sentado, tirando del brazo del castaño para que le siguiera.

“Esto no puede terminar de un buen modo.” pensó Nao antes de dejarse llevar por el enérgico Nozomu a los jardines donde, si no fuera por su amigo ya no tan platónico, volvería a perderse.

martes, 27 de julio de 2010

3. Un estúpido nombre.

Era la primera mañana en la que Nozomu despertaba en aquella pobre habitación del hospital. Al abrir los ojos se extrañó de no encontrarse su habitación tan recargada y colorida que hasta dañaba un poco la vista, en cambio vio el techo grisáceo y deprimente. La luz cruzaba el cristal de la ventana colándose descaradamente en su cuarto mostrándole que ya había amanecido. Se sentía algo incomodo y extraño pero pensó que acabaría acostumbrándose. Miró con sus ojos verdes todavía algo pegados por el sueño un reloj que reposaba sobre el escritorio. Ya era la hora de levantarse, las siete y media, él era de las pocas personas a las que les gusta madrugar y se encontraban con las energías suficientes como para hacerlo sin estar obligados a ello.

Se levantó para arreglarse aunque fuera un poco, se vistió y pasó ligeramente un suave cepillo por sus cabellos dorados, lo hacia con mucha delicadeza porque últimamente le daba la impresión que se desprendían con demasiada facilidad. Salió de su cuarto y bajó las escaleras casi a saltos y con algo de prisa, luego se dirigió a la recepción donde ya estaban Sachiko y Hanabi afanosas en su tarea, era alguna de ellas a la que tenia que pedirle que le acompañara al baño para asegurarse de que no hacía nada que pudiera resultar contradictorio al tratamiento, cosa que por cierto le daba algo de vergüenza. Su vida iba a complicarse mucho con eso de no poder ni siquiera ir al lavabo solo, puesto que este estaba cerrado con llave. Y para desayunar les reunieron a todos los pacientes de la segunda planta en una misma mesa, lo de “todos” era un modo de hablar ya que Nozomu era el único chico que había por lo que casi debería decir “todas y Nozomu”. Al chico no el gustaba comer rodeado de gente, sin contar con que todas eran chicas hablando de sus cosas y menos aun hacerlo bajo vigilancia de Hanabi. Rodeado de tantas mujeres se sentía como su muñequito. “Como esto dure mucho tiempo me acabaran por poner lacitos en el pelo.” pensaba al verlas. Tuvo que tragarse un vaso de leche desnatada y unos cereales casi insípidos a modo de desayuno. “Desde luego si lo que quieren es que engorde así no lo van a lograr.” Todas las chicas se fueron yendo poco a poco hasta que solo quedó él y la enfermera que desayunaba un café con leche enfrente suya.

-Bueno Nozomu, ¿qué tal has pasado tu primer día? -preguntó la mujer pelirroja, que por cierto era claramente teñido.
-Bien… supongo. La verdad no se que decir. Es raro porque tendré que decir que bien por no ser mal educado, pero teniendo en cuenta que estoy ingresado en un hospital…
-Claro, te entiendo. Ya sabes que si necesitas cualquier cosa estamos hay para lo que quieras. ¿Ya has explorado por los jardines? Son enormes, si tienes suerte hasta puedes ver algún que otro animalillo por ahí andando.
-¡En serio! Pues voy ahora mismo a mirar.-y uniendo el dicho con el hecho salió corriendo del pabellón.

Dio un largo paseo mirando en todos los rincones para ver el nombrado animalillo, llamándolo de esa forma al no saber que especie encontraría, pese que no aparecía por ningún lado. Cansado ya de buscar, sin darse cuenta llegó a donde el día anterior había encontrado la carpeta y los dibujos de NK. Allí ya no había nada interesante aunque seguía con la curiosidad que sentía desde antes de acostarse. Un poco decepcionado por no haber visto nada del otro mundo se sentó en el banco de piedra que había en ese camino simplemente a esperar la hora en la que tenían que pasarle consulta.

Miró al horizonte, el lugar era bonito, para que negarlo, y se estaba realmente tranquilo sin oír los gritos de su hermana mayor. ¿Qué estaría haciendo Mihoshi? Seguramente estudiando en su universidad. ¿Se acordaría de él? Ella no parecía demasiado apenada por su macha. Y sus padres trabajarían en alguna sesión de fotografía para los catálogos. ¿Le echarían de menos? A lo mejor ya se les había pasado el disgusto. De repente los ojos verdes de Nozomu empezaron a empaparse de lagrimas, esas que se había negado el día anterior y el anterior a ese y todos los demás desde que le contaron que le iban a ingresar. Él pensaba que por ello estaba demostrando ser muy fuerte pero en esos momentos era conciente de que estaba allí encerrado, él solo, sin nadie conocido, nadie con el que hablar de algo que no fuera su infancia y como había llegado a esa situación. El llanto se acumulaba sin parar hasta desbordarse completamente. No quería estar solo. Quería irse, quería estar con su familia, quería salir a correr con su perro Lenteja, quería volver a clase y seguir estudiando como lo hacían todos los chicos de su edad, por mucho que le resultara un lugar precioso, quería salir de ahí. Se acuclilló encima del banco y escondió su cara en las rodillas mientras sus pequeños pulmones hipaban sin permitirle respirar con calma. ¿Por qué estaba ahí? ¿Y si sus padres querían deshacerse de él? ¿Y si no volvía a salir de ese centro? En esos momentos todo le dolía, le dolía recordar las hipócritas sonrisas de todos aquellos de los que se despidió. Le dolía que nadie se hubiera dignado a escucharle. Le dolía que le doliera. Y lo hacia tan fuerte que parecía haber abandonado ese mundo para solo concentrarse el esa tristeza que se había ido acumulando durante esos meses.

-¡Oye, tú! -exclamó una voz interrumpiendo sus pensamientos. Nozomu sacó sus enrojecidos ojos de la tela de los pantalones para ver quien le hablaba, sin poder evitar dar un respingo al ver al joven castaño de la noche anterior. Vestía el mismo suéter azul marino de la primera vez que le vio. Nozomu no tardó en identificarle pese a que parecía mucho más calmado. -Estas ocupando todo mi banco. -siguió con un tono bastante osco remarcando el monosílabo posesivo.
-Lo… lo siento, no sabía que fuera tuyo. -contestó el rubio echándose a un lado para permitir que su recién llegado interlocutor se sentara.
-¿Tu eres él de ayer? Gracias por devolverme la carpeta. -dijo sacando un folio de la nombrada.
-De… de nada. -volvió a hablar Nozomu tímidamente intentando calmar las ganas de echarse a llorar.
-Eres nuevo, ¿verdad?
-Sí, ¿Cómo lo has sabido?
-Todos los nuevos lloriquean los primeros días. Cuando lleves aquí tanto tiempo como yo ya no tendrás ni fuerzas para hacerlo. -Nozomu no contestó a esas palabras solo volvió a desviar la mirada parándose a analizarlas detenidamente. -Siento lo de ayer, estaba fuera de mi, te debí de asustar.
-No pasa nada. Me llamo Nozomu Nozomi, encantado de conocerte. -se presentó esta vez sonriendo y cediéndole la mano para que la estrechara, cosa que el castaño no hizo.
-¿Nozomu Nozomi? Que nombre más ridículo, no quiero ni imaginar todo lo que habrían bebido el día que te lo pusieron.
-¡Eh! -exclamó el aludido ciñendo el ceño lo más fuerte que pudo.
-Tranquilo, el mío también lo es, me llaman Nao Kanou. Mis padres también bebieron aquel día.
-Pues a mí me gustan.
-Por que tu todavía no has aprendido que desear le esperanza es inútil. Pero supongo que tendré que estar encantado de conocerte. Déjalo, aquí todo el mundo dice que digo cosas muy raras. -explicó dándole la mano por fin, puesto que Nozomu no la había quitado.
-Bueno, no importa. Entonces tu eres NK. Me gustan tus dibujos.
-Pues debes de ser al único. La gente suele decir que le dan mal rollo o les deprime.
-Se supone que para eso es el arte, tiene que transmitir algo, pese a que ese algo no te guste. -dijo ya totalmente tranquilo con Nao.
-¿Sabes que eres muy raro?
-Sí, me lo repiten muy a menudo. -Nozomu se fijó en las manos de Nao, todavía tenia restos ce pintura entre las uñas. -¿Por qué pintas con las manos? ¿No tienes pinceles?
-Sí pero cuando estoy nervioso prefiero hacerlo con las manos, es un modo de desahogarme.
-¿Qué te pasó para estar así?
-Nada importante. -murmuró desviando la mirada.
-Perdona… soy algo cotillo. No me hagas caso. -el rubio volvió a girar los ojos esta vez a su reloj. Al ver la posición de las manecillas guardó unos segundos de silencio sin reaccionar para acto seguido exclamar. -¡Ah! ¡¿Ya es tan tarde?! ¡Me tengo que ir la señora Tsubaki me va a pasar consulta! ¡Pero luego nos vemos y seguimos hablando! - y volviendo a cumplir lo que decía desapareció en los jardines del hospital.
-¡De acuerdo! -contestó Nao sin estar del todo seguro de que le hubiese escuchado.

“Que chico más raro.” habló Noa.
-Ni que lo digas. -respondió él sin despegar la mirada de donde su anterior interlocutor había desaparecido.
“No me digas que te ha caído bien.”
-Ya sabes que todo para mi es indiferencia, aunque parecía un chico majo.
“Solo será majo mientras no conozca tu problema, como todos, más te vale no encariñarte con él”
-Ya lo sé. No soy un niño de diez años como cuando llegaste a mi cerebro, Noa. Además ¿Qué más te da a ti lo que me pase?
“Me da y mucho, recuerda que soy parte de tu mente si tu lo pasas mal yo también”
-Claro por eso te diviertes tantísimo cuando me ataca Tsuke.
“Ese es otro tema distinto.”

Si hubiera habido alguien observando la escena seguro de hubiese extrañado muchísimo de ver a un chico, aparentemente tan normalillo, hablando solo, tan convencido de conversar con alguien. Aunque allí todo el mundo ya estaba acostumbrado a él, nadie le entendería nunca. Guardó el folio que hacía rato había sacado, todavía en blanco, no parecía demasiado inspirado aquella mañana. Se levantó lenta y pesadamente como si todo su cuerpo sintiera una mayor atracción de la gravedad. Anduvo sin rumbo conversando con su propio cerebro. No necesitaba un destino, un punto donde llegar, fuera donde fuera, hiciera lo que hiciera siempre acabaría en el mismo sitio, un sitio que odiaba con todas sus fuerzas, aunque lo odiara todo. Le gustaría no llegar, pero lo haría. Noa seguía hablando sin que Nao pereciera escucharle. Su cuerpo continuaba resultando pesado, esa noche no había conseguido dormir bien. Se recostó en uno de los numerosos bancos de piedra que se encontraban a ambos lados del camino. Fijó sus ojos negros en algún punto perdido en el inmenso cielo azul.

Ya era diecinueve de mayo y empezaba a hacer calor. Esa era una mala época para Nao. La gente te iba de vacaciones y se quedaba más solo de lo habitual, aunque el castaño no solía relacionarse con nadie, el ambiente que quedaba sin los pacientes y varios doctores le deprimía. Como le gustaría hablar con alguien que no fuera Noa, con el que solo discutía una y otra vez. Aparte, él sólo podía charlar con Amai, una chica de su misma planta y edad, que, a veces, era la única que no parecía tenerle miedo, aunque en esos días era tan inconsciente que no le temía a nada ni nadie. El problema es que ella solo se quedaba ingresada unas semanas para ver como evolucionaba en su enfermedad. Pasado ese tiempo volvía a estar solo, como siempre, talvez estaba destinado a permanecer solo y encerrado de por vida.

“Se supone que para eso es el arte, tiene que transmitir algo, pese a que ese algo no te guste.” Resonó en su cabeza la aguda voz de aquel chico de nombre estúpido. ¿Cómo había dicho que se llamaba? ¿Nozomu Nozomi? Cuanto más lo pensaba más tonto le parecía aquel nombre. ¿A que hora acabaría esa consulta a la que tenia que acudir? A lo mejor podía hablar con él y no aburrirse aunque solo fuera durante el corto periodo en el que acabaría por tenerle miedo y dejará de acercarse a él como hacían todos. Era la primera vez que conocía a un chico de la segunda planta, porque a simple vista el sabía distinguir unos pacientes de otros, y ese tal Nozomu aparentaba totalmente ser de la planta de problemas alimenticios.

Se incorporó de un fuerte movimiento y volvió a sacar el mismo folio, ya algo arrugado en las esquinas por andar sacándolo y metiéndolo de la carpeta, y un lapicero de un viejo y desgastado estuche de tela vaquera.

“Ya sabes lo que vas a dibujar esta mañana” dijo la voz escondida de Noa.
-Creo que ya me he decidido, ese chico anoréxico… creo que le voy a añadir a mi colección de modelos.

sábado, 10 de julio de 2010

2. Luces y sombras

El camino de vuelta de Nozomu fue mucho más rápido que el de ida. Seguía tarareando la misma musiquilla cuando una voz que sonaba muy nerviosa llamó su atención. No entendía muy bien lo que decía ya que solo parecía un balbuceo. Desvió ligeramente su decidida trayectoria para averiguar quien era el dueño de esa temerosa voz.

-¡Déjame Tsuke! -podía oír claramente detrás de los arbustos que formaban una especie de pared.

Lentamente fue acercándose al lugar donde parecía que se encontraban, impulsado meramente por la curiosidad. Nozomu no es que fuera lo que se llama fuerte, más bien aparentaba estar hecho de porcelana y que con el más mínimo roce se rompería. Tampoco es que pensara en ser el héroe, pero queria enterarse de todo lo que pasaba a su alrededor. Asomó su fina carita por detrás del muro verde lo más disimuladamente que su cantosa cabeza rubia le permitía. Pero no pudo ver a nadie, había tardado demasiado y se deberían haber ido. En el lugar de los hechos solo quedaba una carpeta abierta en el suelo y una cantidad indefinida de folios esparcidos por él. Nozomu, de nuevo movido por su afición detectivesca, salio de su escondite para acercarse a recoger la capeta, que más bien era un viejo cartón doblado. No veía el nombre del dueño por ningún lado, pero en los papeles, tirados de cualquier manera, había algo que le recordaba al dibujo que le llamó la atención unas horas antes en la recepción. ¿Seria del mismo “NK“?
***

Nao entró estrepitosamente en su pequeño cuartucho. Cerró la puerta con un sonoro portazo apoyándose en ella evitando que cualquier persona entrara. Su respiración se escapaba apresuradamente entre sus labios, sentía unas enormes ganas de gritar pero no podía porque la desagradable sensación de que si lo hacia el corazón saldría junto con su voz se lo impedía.

“Cobarde” Sentencio su cerebro hablando por si mismo.
-¡Déjame! -exclamó al fin llevándose las manos a los oídos como si fuera a servirle para no escuchar lo que su propia mente le recriminaba.
“Eres un cobarde, por eso te pasan estas cosas. Por eso tus padres te abandonaron aquel día, por eso estuviste toda tu infancia llorando frente a una ventana y por eso mismo estas aquí encerrado”
-¡Vete! ¡Vete! ¡Vete! -repitió una y otra vez casi desesperado notando como sus ojos negros empezaban a llenarse de lagrimas que intentaban escaparse.
“Sabes que es verdad, estas condenado a mirar através de ese cristal sin poder hacer nada” dijo aquella maliciosa voz.

Nao se lanzó, literalmente, a un lienzo que permanecía placidamente apoyado en un caballete que ocupaba la mitad de aquella pequeña habitación. Manchó sus manos con colores grisáceos, deslizó sus finos y alargados dedos por la blanca superficie ya casi teñida por completo por una infinidad de distintos tipos de colores. Dibujaba informes líneas quebradas que mostraban su nerviosismo y angustia. No necesitaba pincel, prefería sentir la misma pintura en sus manos, en ese momento era mejor así.

“No me odies… yo no tengo la culpa de que te ocurran este tipo de cosas.”
-Ya estoy harto de todo esto. -murmuro amargamente sin dejar de moverse por todos los rincones del lienzo.
“Pues ya sabes donde tienes tu querida ventana.”
-¡¿De qué me sirve si no puedo atravesarla?!
“No se, échale algo de imaginación… De todos modos no te atreverías, eres un cobarde incluso para suicidarte”
-¡Ya se que soy un cobarde no hace falta que me lo sigas recriminando!
“Como no te lo voy a recriminar, mil veces lo has intentado y mil veces te has reprimido en el último momento. A veces me avergüenzo de haberte ayudado tanto.”
-Márchate ya… déjame de una vez. Si no me quieres seguir ayudando deja que me quede solo…
“No puedo hasta que no quieras estar solo. Recuerda soy una voz no actúo si tu no quieres.”

***
Bien, Nozomu había logrado escaparse del comedor sin que le obligaran a cenar demasiado. Bien para su punto de vista, claro, porque no se daba cuenta de que realmente necesitaba ayuda. Pero en ese momento lo único que le interesaba era averiguar a quien pertenecía esa vieja carpeta llena de extraños dibujos, que para su gusto algunos daban algo de miedo. Su principal idea era preguntar en la recepción, conociéndole se hartarían de verle por ahí preguntando por cualquier persona. Se dirigió a la alargada mesa tras la cual permanecía bastante atareada Sachiko, la enfermera que les había enseñado las instalaciones. La joven al verle acercarse le dedicó una amplia sonrisa.

-Parece que ya no estás tan enfadadísimo como antes. Desde luego estás mucho más guapo cuando sonríes, donde va a parar. -comentó ella a modo de saludo.
-Si, supongo que tengo un carácter algo cambiante. -sonrío él algo avergonzado.
-Bueno, ¿en que puedo ayudarte, Nozomu?
-Tenia curiosidad por ese dibujo. ¿Quién es el autor? Me gustaría saberlo. -preguntó señalando el marco que colgaba en la pared.
-Pues lo hizo un paciente que reside aquí en este mismo edificio, se llama Nao Kanou. ¿Te interesa el arte abstracto?
-Bueno… en clase di historia del arte. Pero no era mi fuerte. Es que me he encontrado esta carpeta y creo que es suya, me gustaría devolvérsela. -explicó mostrándole su hallazgo.
-Su habitación es la 202, en la quinta planta. Pero si quieres se la llevo yo. Antes parecía muy nervioso y no le gusta recibir visitas cuando está así. -dijo haciendo un ademán de levantarse mas el chico se lo impidió antes de que acabara de hacerlo.
-No te molestes, ya es casi la hora de que te vallas. -inquirió con una sonrisa victoriosa al ver a la enfermera sorprendida por saber ese dato. -Ahí esta tu horario por eso lo se. -aclaró señalando refiriéndose a un papel pegado en la pared de detrás de ella.
-Eres muy observador por lo que se ve.
-Sí, bueno la gente suele llamarme más bien cotillo. Entonces la 202. ¡Hasta mañana señorita Kanashimi! -exclamó mientras se perdía por el largo pasillo donde estaban las consultas y terapias de grupo. Cosa que no le sirvió de nada porque las escaleras estaban en dirección contraria.
-Observador pero despistado. -rió Sachiko al verlo tan perdido.

Subió el primer tramo de escaleras, que era curiosamente el más largo de todos, en esa planta estaba su habitación, la 184. Para ir al siguiente piso había que cruzar todo el pasillo. En cada planta había diez cuartos, cinco en cada lado del corredor. La simetría volvía a enloquecerle ya que las plantas eran un calco de la anterior, lo único que cambiaba era el numero de las puertas. Todo era triste y gris… paredes grises, baldosas grises, puertas grises. Curiosamente el cuarto piso no existía, saltaba del tercero al quinto sin ni siquiera indicarlo en un cartel, seguramente por las supersticiones que habían en Japón acerca de ese número que se escribía igual que la palabra “muerte“. Al no haber más escaleras Nozomu supuso que ya había llegado a su destino. Aquel piso le resultaba todavía más deprimente, la mayoría, por no decir todas las habitaciones permanecían desocupadas porque carecían de la plaquita donde estaba indicado el nombre del paciente. Dio unos silenciosos pasos hasta pararse en frente de la puerta 202. La energía de Nozomu parecía haber sido absorbida por el ambiente del piso. Al otro lado de la madera se podía escuchar débilmente una voz murmurando palabras imposibles de entender cargadas con cierto toque de amargura. El pequeño rubio no se atrevía a entrar y tímidamente dio tres golpecillos para que le permitiera el paso. Pero el dueño de esa voz no parecía contestar. Llamó de nuevo más enérgicamente. No hubo respuesta alguna. “¿Será sordo?” pensó para darse a si mismo un escusa para abrir la puerta. Esta no estaba cerrada con llave por lo que no tenia ningún impedimento para hacerlo. “Que le voy a hacer, tendré que pasar.” Giró con bastante lentitud el pomo de la puerta 202. Al abrir unos centímetros una tenue luz salio del otro lado de aquellas grises paredes. Nozomu se quedó bajo el umbral casi paralizado por la impresión que causaba la figura entre mágica y terrorífica que vio en el interior. Aquel joven castaño moviéndose a nerviosos impulsos, manchando de tristes y apagados colores un amplio lienzo del cual ya no quedaba ni un milímetro impoluto. La verde mirada del rubio se clavaro como flechas en la espalda del dueño del cuarto. Intentaba ver más allá de lo poco que esclarecía entre las sombras una pequeña lámpara de mesa.

-Esto… -intentó empezar el chico pero el desconocido no parecía percatarse del intento de Nozomu por llamar su atención. -Esto… perdona…

Dio unos pequeños y tímidos pasos introduciéndose en el interior de la habitación, inconscientemente caminó casi de puntillas como si no quisiera hacer el más mínimo ruido al andar. Se acercó al joven hasta tocar con uno de sus delgados dedos en su hombro, que ha Nozomu le quedaba bastante alto. El castaño se giró sobre si mismo a la velocidad de un viento huracanado. Su cara parecía deformada por un profundo y terrible sentimiento de miedo y a esto se le añadía el ambiente que causaba la poca luz. Cuando sus miradas se cruzaron el dueño se alejó del intruso literalmente de un salto subiéndose de pie sobre la cama y manchando todo lo que tocaba con sus manos.

-¿Quién eres tu? -habló con un hilo tembloroso de voz pegando la espalda a la pared.
-Me llamo Nozomu, Nozomu Nozomi. Te he traído esto. -contestó tímidamente como si quisiera imitar el tono de voz de su interlocutor mostrándole la vieja carpeta. -Me la he encontrado y me han dicho que era tuya.
-¡Si! ¡Si! ¡Es mía, déjala ahí! -ordenó señalando la cama donde él mismo estaba subido. Nozomu hizo lo que le dijeron aquellos penetrantes ojos negros desde las alturas.
-Ya está, pero tranquilo. -intentó calmar procurando parecer lo más sereno posible dando un paso hacia él. Pero lo único que consiguió fue aterrorizarlo más aun. El joven se agachó cruzando los brazos por delante de su cara como si el chico rubio diera autentico pavor.
-¡No te acerques a mí! -exclamó como si estuviera realmente siendo agredido. Pero Nozomu hizo caso omiso de las desesperadas suplicas de aquel extraño chico y siguió con otro pequeño paso, además de extender el brazo, que en su mente parecía un buen modo de inspirar confianza con lo que no contaba es que para el otro interno era muestra de amenaza.
-Tran…
-¡No me toques! -cortó apartándole de un manotazo permitiendo que este viera el miedo que se reflejaba en sus pupilas. -¡Déjame! ¡Vete de aquí!

Aquella imagen terrorífica del chico castaño casi acurrucado en una de las esquinas que formaban las paredes del cuarto, la luz que temblaba como si ella también le tuviera miedo, el incomodo sonido del silencio que a veces molesta más que el más fuerte y estruendoso de los ruidos, el angustioso ambiente que se podía respirar en todos los rincones, en definitiva todo, aterrorizó al visitante. Nozomu dio unos retrocediendo hasta que finalmente no pudo evitar salir corriendo por los largos y silenciosos pasillos bajando las escaleras casi a saltos llegando a encontrarse a salvo en su sobria habitación de la segunda planta. Cerró la puerta y respiró lenta y profundamente calmándose al ritmo que sus pulmones descargaban el aire que retenían.

-¿Qué le pasará a ese chico? -murmuró para si mismo en un hilo de voz. -Parecía realmente asustado. ¿Tan feo seré como para dar tanto miedo?

Dos sentimientos empezaron a mezclarse en su cabeza rubia, un al recordar la angustiosa escena protagonizada dos plantas más arriba y otro que le obligaba a querer saber más sobre el castaño. Él era un chico muy curioso y cuando algo le interesaba no paraba hasta averiguar lo que quería. Y ahora quería saber quien era Nao.

viernes, 2 de julio de 2010

1. Dos vidas que se cruzan.

Hola.
¿Es la Vida?
Solo quería decirte una cosa. El mundo no funciona correctamente, no, no, no, esto no debería ser así. Todo el mundo me repite una y otra vez que esta historia acabará bien. ¿Pero el qué tiene que acabar cuando nada ha empezado? ¿Cómo conocen mi historia si ni siquiera me han dejado pronunciar las palabras del prologo? En los libros y películas en días como estos suele llover, hoy en cambio el Sol brilla como si él también me deseara suerte con una sonrisa llena de esperanza, pero… ¿Por qué hoy el mundo no funciona correctamente?



Nozomu miraba tristemente como se alejaba del barrio donde había vivido desde hacia diecisiete años. Era un día bonito, los rayos del sol entraban através del cristal impactando directamente en su blanquecina piel, aunque para él fuera uno de los peores de su vida.

Desvió por un segundo sus ojos verdes a sus padres que ocupaban los asientos delanteros. Parecía querer recriminarles esa situación. Suspiró lenta y pesadamente deseando que el tiempo se detuviera en ese mismo instante. Cada centímetro que se alejaba de la cotidianidad de su “anterior vida” hacía que se entristeciera más aun. La distancia que le separaba de sus familiares y amigos iba creciendo progresivamente. Solo una única idea podía conseguir que se sintiera mínimamente mejor. Él no estaba enfermo era todo imaginaciones de sus padres que tras algunos problemas con algunas modelos se habían obsesionado con que su hijo era anoréxico. Puede que apenas comiera, eso lo admitía, pero el podía hacerlo cuando quisiera en cualquier momento. Seguro que los médicos se darían cuenta enseguida y le concederían el alta. Tendría que tomárselo con el mayor sentido del humor que pudiera y recordarlo como: “La ocasión en las que mis padres me mandaron a un psiquiátrico por nada.”

-Nozomu, ¿Lo llevas todo? -preguntó una mujer rubia de apariencia demasiado joven para tener un hijo de diecisiete años.
-Sí mamá… Me lo has preguntado ya tres veces. -contestó el chico, igualmente rubio, con un tono bastante borde.
-No te enfades -siguió el padre de este -Veras como enseguida te curas y vuelves a casa.
“Hipócritas” pensó Nozomu, “Seguro que en el fondo os alegráis de que quiera adelgazar, pero queréis dar ejemplo a vuestras modelitos de tercera”
-Ya te vale, Nozomu. Tantos años preocupándose por que a mi no me dieran ideas raras para que al final te den a ti. -recriminó una joven bastante parecida a él que guardaba asiento a su lado. Nozomu intentó ignorar aquel comentario de la otra rubia de la familia.
-¡Mihoshi! No hables así a tu hermano pequeño, no ves que lo está pasando mal.
-Pero si solo digo la verdad.
-A mi no me a dado nada raro… -musito el chico volviendo a llevar la mirada al exterior. sumiéndose de nuevo en sus pensamientos.

Los padres de la familia Nozomi trabajaban en el mundo de la moda, su madre era diseñadora en una pequeña cadena de tiendas aun emergente y su padre era el fotógrafo que se encargaba de plasmar esos trajes en las paginas de los catálogos. Por esto Nozomu desde muy pequeño había estado expuesto al terrible “veneno de lo superficial” y opinaba que había que ser perfecto para sentirse bien. Sino ¿por qué siempre se critica ala gente que le sobran unos kilos? El solo quería gustarle a sus padres ¿acaso eso era tan malo?

El coche plateado de la familia aparcó fácilmente en un amplio y solitario aparcamiento rodeado por inmensos jardines que parecían no acabar en ningún sitio. Era un lugar realmente bonito , aunque su atmosfera estaba cargada de tristeza y melancolía. Los ojos color esmeralda de Nozomu recorrieron cada rincón de todo lo que le rodeaba, parecía querer que se cruzaran con los ojos de otra persona, mas ni un alma rondaba por aquel paseo que rodeaba los pabellones de hospital psiquiátrico. Cada vez los abría un poco más mostrando su admiración por el lugar, aunque ya había estado allí más de una vez para realizar unos test psicológicos, a su punto de vista, inútiles.

Anduvieron no más de un par de minutos hasta parar enfrente de un alto edificio de piedra rojiza. La puerta era de cristal por lo que desde el exterior se podía ver la recepción donde un par de jóvenes enfermeras echaban un ojo a unos papeles. El padre tocó un pequeño botoncito blanco que sobresalía en la pared, haciendo que la mujer se distrajera de su trabajo para darles la bienvenida con un sonoro chirrido permitiéndoles así el paso. O más bien obligándole a pasar. El interior era tal y como lo había imaginado la primera vez que llego. Silenciosa deprimente y casi incolora. Las paredes estaban cubiertas de azulejos blanco impoluto. Solo algunas reproducciones de conocidas obras de arte decoraban aquellas superficie. Al chico jamás le había interesado demasiado la pintura por lo que no llamaban especialmente la atención. Aun así hubo uno de los cuadros que logro hipnotizarlo como si fuera mágico. Era aun más pequeño que el resto que colgaban de la pared, y estaba delimitado por un marco bastante pobre. Se encontraba escondido en una esquina de la recepción, como se pretendieran esconderlo de entre los otros. Él no entendía demasiado, pero esa pintura no la recordaba de ninguna clase de historia, que tanto le comieron el coco en cuarto de secundaria. Parecía abstracto pues no distinguía ninguna forma real, solo se veían colores, una infinidad de colores que se cruzaban entre si creando otros nuevos. Recorrió las esquinas del cuadro en busca del nombre del autor. “N K” era lo único que se podía leer con letra informe, en la esquina inferior derecha.

-¡Nozomu! -exclamó la mujer sacándole de sus pensamientos para que volviera al mundo de la realidad.
-¿Qué? -replicó acercándose lentamente a su interlocutora.
-Ven, vamos a ver las instalaciones mientras viene la doctora Tsubaki -contestó una de las dos enfermeras haciendo el ademán de levantarse. Su tono de voz era familiar como si le conociera de toda la vida. -Yo os acompañaré, mi nombre es Sachiko Kanashimi, pero podéis llamarme solo Sachiko.
-Encantados de conocerte. -contestó la madre inclinándose en nombre de los cuatro.
-Y tu debes de ser Nozomu. -dijo acercándose al joven paciente -Tu y yo nos vamos a ver mucho las caras a partir de ahora.
Nozomu no dio contestación.
-Perdónele, hoy esta muy borde, normalmente es muy alegre y dicharachero, se lo aseguro.-se disculpó el padre.
-Si a veces demasiado. -siguió la hermana.
-No pasa nada, es normal que esté así, todos vienen con caras largas el primer día, lo sorprendente seria que estuviera contento. -hizo una pequeña pausa -Síganme les mostraré el centro.

***
Nao miraba por la ventana de su cuarto. Desde aquella planta se podían ver el reto edificios del psiquiátrico y no solo eso, él siempre miraba más allá, aquella ciudad que se podía vislumbrar a lo lejos. Se sentía aprisionado en esa diminuta y claustrofobia habitación. Solo unos barrotes le separaban del exterior. Unos horribles barrotes grises que parecían querer burlarse de él mostrándole lo cerca que estaba de su deseo y lo inalcanzable que resultaba poder tenerlo. Lo único que quería en este mundo era salir de aquel centro donde llevaba tanto tiempo prisionero, poder ver, oír, percibir con sus propios sentidos la vida al otro lado de la verja. Una vez ya pudo hacerlo pero esos recuerdos le resultaban tan tremendamente lejanos que casi los había olvidado por completo. ¿Cómo era vivir en esa ciudad? ¿Cómo era estudiar en una escuela normal, y no con las clases impartidas por alguna enfermera? ¿Cómo era tener amigos que no te teman? ¿Cómo era tener una familia?

-¡¿Cómo?! ¡¿Cómo?! ¡¿Cómo?! -chilló golpeando el cristal de la ventana que protegia los objetos que le separaban de lo que tanto quería conseguir.
Miró de nuevo entre las barras que hacian que ese lugar pareciera más una prisión. Varios metros por debajo de él pasaban felices “los pacientes menores”, como llamaba despectivamente refiriéndose a la gente que acudía por cualquier cosa.
-Vosotros no sabéis lo que es tener un autentico problema. -murmuró con todo el odio que podía retener dentro de su castaña cabeza.
“Si son odiosos, tienes toda la razón Nao” resonó una voz desde algún lugar de su cerebro.
-Nadie a pedido tu opinión, Noa. -replicó a aquella voz imaginaria en voz alta.
-¿Ya vuelves a hablar con Noa? -interrumpió una mujer morena de gafas entrando en el desordenado cuarto del enfermo.
-No me deja en paz. ¡Doctora Mizuki me prometió que se iría! ¿Por qué sigue aquí entonces?
-Lo siento Nao, las cosas no son siempre tan fáciles como parecen en un principio. ¿Qué te dice?
-Solo se dedica a criticarme y a dar su opinión. Yo trato de ignorarle pero…
La doctora dedicó una sonrisa de consuelo a su paciente. El joven, de aproximadamente dieciocho años ya era más alto que ella y eso que cuando le conoció era solamente un niño que parecía estar permanentemente triste y deprimido. Su pelo era castaño y lo recogía en una coleta en la nuca, que al no ser muy larga parecía un plumerillo. Su mirada resultaba penetrante e intensa debido a su color negro noche.

-¿Por qué no vas a dar una vuelta, haber si eso te tranquiliza?
-Vale. -contestó tomando una carpeta y un pequeño estuche que reposaban encima de su cama.
-Así me gusta. Veras que cuando venga Amai, Noa no aparece tanto. -sonrío la psiquiatra acompañándolo hasta el umbral.
-Eso espera. -finalizo el chico mientras salían lentamente por la puerta.

***
La habitación de la segunda planta que había sido asignada a Nozomu era algo… aburrida. Solo tenia una cama, un escritorio de aspecto viejo y utilizado por mil personas distintas y un pequeño armario metálico. A un lado se veía otra puerta que daba a un pequeño cuarto con una ducha, pero carecía de retrete ya que no se fiaban demasiado de las ideas de los pacientes anoréxicos. Las demás habitaciones eran dobles pero como el resto de compañeras de planta eran chicas él dormiría solo. Se dejó caer sobre la cama, era más cómoda de lo que había imaginado. Estaba agotado de la visita a las instalaciones. Ya sabia donde estaban la cafetería, la sala común y otras que no le importaban demasiado. Al fin de al cabo estaba seguro de que abandonaría ese lugar, o al menos eso quería, porque la visión de su madre tan triste intentando aguantar las lagrimas, prometiéndole una y otra vez que iría a visitarle todas las semanas, le destrozaba haciendo que él también se entristeciera. Otro pensamiento totalmente contrario y bastante egoísta invadió su cabecita rubia.

-¡El foro! -exclamó llevándose ambas manos a la cara. -¡Con lo que me ha costado llegar a ser administrador! ¡Veras como lo cierran! Y en este cuartucho no hay ni un triste ordenador. Tendré que ir a la sala común, ahí si vi varios.

Y con ese pensamiento salio del pabellón donde se encontraban encerrados los internos. El chico confiaba bastante en su memoria fotográfica, que hasta entonces le había sido muy útil. Tal vez se confió demasiado, porque en ese momento los jardines que rodeaban los edificios le resultaban laberínticos. Tanta simetría no le gustaba, todo el camino parecía repetido, como cuando en los dibujos animados usan una y otra vez el mismo fondo. ¿Quién seria el genio que lo diseñó? Continuó su caminata sin pararse a pensar que más que acercarse se alejaba de su destino. Todo era silencio alrededor. Solo el rumor casi imperceptible de las hojas moviéndose a compás del suave sonido del viento rompía un poco la calma. Nozomu canturreaba cierta melodía que siempre se le quedaba pegada, así el lugar parecía menos abandonado. Observaba todo lo que le rodeaba intentando no perder detalle. Tanto se sumergió en sus pensamientos que olvidó completamente su querido foro. Caminó no sabia cuanto tiempo, pero la tarde se acabó en lo que a él le resultaron minutos. Seria mejor volver al pabellón ya que casi era hora de cenar aunque no tenia demasiada hambre quería demostrar que no estaba enfermo. Seguro que no le harían comer demasiado. Y por otro lado algo habría adelgazado con ese largo paseo.

El camino de vuelta fue mucho más rápido. Seguía tarareando la misma musiquilla cuando una voz que sonaba muy nerviosa llamó su atención. No entendía muy bien lo que decía ya que solo parecía un balbuceo. Desvió ligeramente su decidida trayectoria para averiguar quien era el dueño de esa temerosa voz.

-¡Déjame Tsuke! -podía oír claramente detrás de los arbustos que formaban una pared. Fuera quien fuera estaba en apuros.

Notas de la autora.

Por fin voy a subir mi historia. Espero que le guste a todo el mundo y que me digan cosas bonitas de ella, las malas no me las digais. Me he esforzado mucho y documentado más para no meter la pata con esta historia y es una de mis favoritas asi que no quiero criticas demasiado duras, que luego me deprimo. Pido disculpas de antemano por las faltas de ortografía y que no me las tengais mucho en cuenta, creo que como yo no voy a ser escritora no debeis tomarme los fallos como algo malo, paciencia conmigo. Pero aunque me he documentado durante meses sobre las enfermedades que aparecen en esta histora puedo equivocarme en algo, de hecho seguro me equivoqué, en ese caso si podeis corregirme ya que creo que estas enfermedades son importantes y no quiero cometer errores. ¡Ah! Otra cosa uno de los personajes es algo maleducado, si alguien se siente ofendido con lo que dice que no lo tenga encuenta, yo no soy el personaje y no pienso igual que él.

Y creo que eso es todo, aclarado todo esto ya se puede empezar a leer esta historia. Espero que os guste.