viernes, 28 de enero de 2011

13. La marca del mentiroso.

La brisa nocturna y la luz de la media luna entraban dentro de la habitación de Nao esquivando los barrotes de la ventana. El silencio llenaba todo el pabellón de los residentes, el ambiente era muy tranquilo. Aun así el castaño no conseguía conciliar el sueño. Cuando parecía que al fin iba a caer en los brazos de Morfeo volvía a desvelarse. Respiraba profundamente intentando relajarse como le había enseñado Mizuki, pero no lo lograba. Giraba en la cama para encontrar la postura adecuada, pero también era inútil.

Un ruido, un ruido que activó el cuerpo de Nao como si se tratara de una máquina. Era un sonido metálico, similar al de una puerta oxidada abriéndose o cerrándose. El chico se levantó en un único y rápido movimiento, como en un acto reflejo totalmente inconsciente. Se colocó delante de la pared con la frente pegada al yeso blanco dejando el menos espacio entre su cuerpo y el muro. Esperó unos segundos que le parecieron una eternidad mientras trataba de autocontrolarse.

-Lo siento Tsuke. -habló cerrando fuertemente los ojos.
-¿Lo sientes? -cuestionó la voz de el hombre desde detrás de él. Debía de estar muy cerca porque casi notaba su respiración moviendo sus cabellos sueltos. -Pues esta tarde no lo parecía.
-Pero… no lo pude evitar. Él… estaba fatal, me recordó mucho a mi mismo y… -intentó explicarse perdiendo del todo el tono indiferente que habituaba a usar.
-¿Y? ¡¿Cuántas veces tengo que decirte que eres mío?!
-Tsuke, no grites por favor…
-¡¿Y qué si lo hago?! ¡¿No eres acaso el único que me escucha?!
-Lo… Lo siento no volveré a hacerlo. -rectificó su respuesta.
-Y yo voy y me lo creo. ¿Crees que soy tan idiota?
-No, Tsuke es verdad.
-Pero si solo hay que ver la marca que tienes. Esa en la que pone lo que eres. Un mentiroso. Esa que tienes en la cadera izquierda, dos dedos por debajo del ombligo. Esa que no te cicatrizó bien y se te infecto al haber sido echa con un alfiler casi oxidado. -hablo en un tono desagradable mientras pasaba su helada mano por debajo de la sudadera que usaba Nao como pijama para tocar la misma marca de la que hablaba.
-Yo… yo no soy un mentiroso. -susurró intentando separar la mano del moreno de su cadera con miedo que le apeteciera seguir rozándole.
-¿No? -sonrió de manera macabra acercándose mucho al oído del castaño. -¿Sabes una cosa? Con el pelo suelto eres clavadito a tu hermano.
-No… -musitó él con total amargura. Esa última frase había conseguido hacer estragos en la defensa de Nao. -Basta, Tsuke no digas eso…

Pero Tsuke no estaba ya para escuchar la frase. Parecía haberse desvanecido en la oscuridad del cuarto. Nao reaccionó tomando la posición habitual en esos casos, con las piernas flexionadas y las manos tapándole los oídos. Permaneció un par de minutos allí, en la esquina formada por su cama y la pared. A la sombra puesto que la luz que entraba por la ventana llegaba a todos los rincones del cuarto salvo a ese.

¿Qué había pasado? ¿Toda aquella escena había ocurrido de verdad o solo era una jugarreta más de su mente? No, no podía ser una alucinación, Nao todavía sentía los dedos del moreno sobre su cadera. Por otro lado, ¿como sabía él que se parecía a su hermano cuando se soltaba el pelo? Él, aunque pareciera extraño y retorcido, en el fondo prefería pensar que había pasado de verdad, que Tsuke existía. Pero nadie le creía, nunca lo habían echo por mucho que él hablase del hombre de ojos escarlata. Le daba miedo pensar que aquello fuese una consecuencia más de su enfermedad. Tenía que ser real… si no él nunca saldría de allí. Tenía que ser real… y tenían que creerle.

Nozomu abrió la puerta del cuarto de Nao a la misma hora que su rutina marcaba. Entró en la habitación sin ni siquiera llamar, como era costumbre en él estaría dormido. Pero sus ojos verdes se extrañaron al comprobar que no era así, no estaba metido en la cama con la sábana echada hasta taparle la cabeza como si fuese una oruga en la fase de la metamorfosis. Entonces se percató de que se podía oír el sonido del agua corriendo proveniente del cuarto de baño.

-Nao, ¿estás ahí? -preguntó curioso pegando la oreja a la puerta.
-No. ¡¿Qué dices que voy a estar aquí?! Es la ducha que tiene vida y se ha abierto sola. -se oyó desde el otro lado en un tono sarcástico.
-Que borde eres a veces… -musitó el rubio para si mismo aunque en realidad la pregunta que había hecho era bastante tonta.
-Nozomu, ¿puedes acercarme la ropa que está en el armario? -volvió a hablar el castaño al mismo tiempo que el ruido del agua cayendo cesaba progresivamente.
-Vale. ¿Cuál te traigo?
-La primera que te caiga.
-¿La primera que me caiga? -repitió mientras abría la puerta del armario metálico comprobando lo que le decía Nao. Al hacerlo una avalancha de ropa se precipitó hacia el chico. -¿Pero que es esto? Menudo desorden.
-Te he oído. -se quejó Nao desde el baño.
-Vale, anda toma. -contestó el menor abriendo la puerta lo suficiente para que la ropa que había escogido llegase a Nao. Este te fijó en como Nozomu miraba hacia otro lado.
-Eres un tímido, ni que tuvieses nada distinto a lo mío. -comentó con su tono plano habitual.
-¡Uy! Hoy si que te has despertado con el pie izquierdo. Con lo amable que estuviste al final ayer. -puntualizó volviéndose al armario par guardar las prendas de Nao que habían quedado esparcidas por el suelo.

La ropa del castaño era toda de colores muy oscuros y apagados, azules, grises, marrones o negros. No había ni un solo tono vivo, y además parecía bastante vieja, como si fuese de segunda mano. La metió toda echa una pelota al igual que como le había caído, pero fue inútil, en cuanto la soltó volvió a precipitarse hacía él. Aunque esta vez no solo cayó más ropa que antes si no que también algo más pesado y duro que le dio en el pie. Nozomu lo examinó con la curiosidad que le caracterizaba. Era un lienzo. No muy grande, no más que un cuaderno de espirales. Pero daba verdadero miedo. En él se veía una figura humana, no se podía sabre con certeza si era un hombre o una mujer, un niño o un adulto pero su expresión parecía aterrorizada. Los ojos blancos y la piel amarillenta le daban un aspecto enfermizo. Y el fondo negro y rojo por su parte le quitaba la poca luz que tenían los colores. A Nozomu la tétrica escena le dio miedo pero al mismo tiempo una extraña pena. ¿Qué era aquel dibujo? ¿Por qué estaba allí oculto y no apilado en el montón de lienzos al lado del escritorio? Parecía que al rubio se le había sumado un nuevo misterio a cerca de Nao.

Nao, aun en el cuarto de baño se miraba fijamente al espejo. Su pelo castaño y mojado aun soltaba gotitas y le tapaba casi por completo la cara al caer totalmente lacio. Tenía tantas marcas, tantas cicatrices por el torso que hasta le daba miedo mirarlas. La más llamativa probablemente era una quemadura que le cubría el hombro izquierdo desde la base del cuello hasta poco menos de la mitad del brazo y el omoplato. Las demás eran pequeñas cortaduras que habían dejado su huella en su blanca piel. Y en la cadera la que esa noche Tsuke mencionó, esa era la que más odiaba, todas tenían una historia, pero aquella era la peor, incluso más que la enorme quemadura.

El rubio al fin logró meter la ropa de Nao en el armario intentando dejar el lienzo tal y como lo había encontrado. Seguro que si se enteraba de que lo vio se enfadaría. El castaño salio del cuarto ya cubierto con la ropa que Nozomu le había dado y con el pelo envuelto en una toalla azul celeste que era uniforme en todos los cuartos.

-Si está vivo. Pensé que la ropa te habría aplastado. -bromeó mirando al chico intentando no pensar en lo que había pasado esa noche. -¿Y hoy no has ido a despertar a Amai?
-Sí pero no estaba en su cuarto.
-Estará con Mizuki. -Nao miró por la ventana. -Hoy hace muy buen día, seguro que habrá ido al jardín. En su “rincón secreto”.
-¿Rincón secreto? -preguntó curioso el rubio fijando sus ojos verdes en él.
-Sí es un sitio al que siempre íbamos a jugar cuando éramos más pequeños. ¿Quieres que vallamos a mirar?
-Sí por supuesto.

El rincón de Amai y Nao era una pequeña parcelita de césped con una vallita que no llegaba a los tobillos y rodeado de flores de colores sin demasiado sentido. La morena, vestida con un peto azul y un gorro de paja al más puro estilo de un granjero, parecía divertirse mucho haciendo un agujero en la tierra con su pala naranja bajo la atenta mirada de la doctora. Los dos chicos llegaron en silencio de un modo casi imperceptible tanto que ninguna de las dos se percató de ello. Amai tomó unas flores, seguramente un cosmos que había en una pequeña maceta de plástico. Con un cuidado extremo sacó las flores con toda la tierra del tiesto para introducirlas en el agujero que había echo con su pala. Cuando acabó de replantar las plantitas y fue a buscar la regadera vio a sus dos amigos parados delante de ellas.

-¡Anda! Hola chicos. -exclamó lo que hizo que la psicóloga se fijase en ellos también.
-Buenos días Nao y Nozomu. -saludó la mujer de gafas.
-Buenos días Mizuki. -contestó el castaño por los dos.
-¿Amai estás plantando las flores del jardín? -cuestionó Nozomu acercándose a ella.
-Sí, es muy divertido. ¿Quieres hacerlo?
-Bueno, pero y si las flores se mueren por mi culpa.
-No, si es muy fácil. Todo el mundo es capaz de hacerlo.
-Pero de veras que yo soy muy torpe para la plantas. Flor que toco flor que muere.
-Venga Nono. Yo te ayudaré.
-Amai lleva plantando las flores de esta parte del jardín desde hace muchos años. -explicó Nao arrodillándose junto a los otros dos.
-Al principio era una terapia que les puse a ellos dos. Pero para ella se ha vuelto una afición. ¿Cierto? -habló Mizuki.
-Sí, Mizuki-chan dice que es muy bueno para tener seguridad en uno mismo.
-¿En serio?
-Sí. -contestó la adulta -Cuando estos dos eran un par de mocosos desconfiados les obligué a cuidar de una judía hasta que creciera.
-¿Pero por qué? -preguntó Nozomu.
-Porque cuando te esfuerzas por cuidar algo, aunque sea una pequeña judía, te hace feliz ver como crece. Aunque parezca tonto verdaderamente surgió efecto.
-Al menos con Amai. -puntualizó Nao.
-Pero eso es porque tu eres un desastre y te olvidaste totalmente de ella. -aclaró la morena con cara jocosa.
-Yo soy incapaz de cuidar de algo. Y menos si no se queja de que tiene hambre.
-Pues deberías volver a intentarlo.
-¿No tuvimos suficiente con la muerte de una judía?
-¡Oh no! -exclamó Nozomu apurado de improviso.
-¿Qué ocurre, Nono?
-¡Que hablando de tantas judías he recordado que hoy no he ido a desayunar! ¡Tengo que ir o Tsubaki me castigará y no podré sentarme con vosotros! Me tengo que marchar rápido.
-Espera que voy contigo. -habló Nao. -Yo tampoco he desayunado.
-Bueno pues luego nos vemos. -acabó Amai para que luego los dos chicos se marcharan por el mismo sitio que habían venido.

Ambos caminaron hasta el pabellón central. Nozomu, como siempre, hablaba animadamente comentando la afición de Amai y ya de paso las suyas. Nao le miraba, estaba muy alegre, y no era raro en él. Pero le recordaba ayer apunto de echarse a llorar y le parecía totalmente otra persona, nada que ver con el Nozomu de todos los días. Y todavía se sentía raro como al tarde pasada. Sería mejor no pensar en nada de eso, si se obsesionaba su mente empezaría a jugarle malas pasadas y si Tsuke seguía pensando que le mentía no iba a acabar nada bien.

domingo, 16 de enero de 2011

12. "Llora".

Nozomu, con una extraña timidez en él, se sentó a la orilla de la cama del castaño. Este ni siquiera se molestó en incorporarse. Permaneció inmutable mirando fijamente el techo como si estuviese unido a las sábanas con pegamento de contacto. El silencio volvió a formarse como una espesa niebla entre los dos chicos. Nozomu no se atrevía a hablar y Nao no quería hacerlo.

-¿No tenías algo muy importante que decirme? -cuestionó de forma retórica el mayor impaciente ya por romper la maldita calma que llenaba el cuarto.
-¿Eh? Sí… sí… -contestó el rubio poniéndose algo rojo en parte por el duro tono de su amigo y por no saber como comenzar su narración.
-Pues venga.
-Nao… Yo… yo no quiero que dejes de ser mi amigo… -empezó mientras movía sus delgadas manos nerviosamente. Pero el dueño del cuarto no dio respuesta, la única señal de estar escuchando que recibió Nozomu fue un pestañeo de sus ojos negros. -Yo solo os tengo a vosotros, a ti y Amai. Hace tiempo me quedé sin ningún amigo.
-¿Qué hiciste también los insultaste? -habló Nao con un tono muy osco y huraño.
-No… yo… lo único que hice fue enamorarme.

Tras esa respuesta Nao desvió sus ojos de el techo en dirección a la voz de Nozomu. Entonces comprobó que las mejillas del rubio estaban totalmente teñidas de un intenso color carmesí y que sus ojos verdes se vidriaban progresivamente llenándose de lágrimas que amenazaban con escapar en cualquier momento. Pero el chico del estúpido nombre intentaba por todos los medios retenerlas solo consiguiendo que sus comisuras se irritasen por el esfuerzo. Por algún motivo, algo que no entendía, a Nao esa expresión le pareció estar a medio camino entre la más triste y la más hermosa. Lo cual le resultó despreciable por su parte, ver a una persona apunto de romper a llorar y que él pensara solo en hacer un retrato de la escena.

-Yo, solo me enamoré. Eso no es malo… ¿o sí? Yo creía que lo que hacía estaba bien, pero el resto del mundo no.
-¿Qué pasó? -preguntó el castaño sin poder despegar la vista del menor.
-Es una historia muy larga…
-Tenemos tiempo.

“Claro, cuanto más larga sea mejor. Así podrás ver esa carita durante más tiempo. Eres un depravado como Tsuke.” habló la voz a lo que Nao procuró no contestar por no llegar a un malentendido con el afectado Nozomu.

-Bueno, verás. Esto me da mucha vergüenza… ¿Te vas a reir de mi?
-Depende. Si tu historia no me convence talvez sí. -Esa contestación hizo estragos en la confianza del rubio, pero tenía que hacerlo, tanto como si lo hacía como si no dejaría de hablarle.
-Espero que te resulte convincente -comenzó el chico -Hace unos años yo tenía un amigo. En realidad tenía muchos. Pero uno de ellos era mi mejor amigo, le conocía desde la infancia y habíamos crecido juntos. Pero…
-¿Te enamoraste de él?
-Sí… -respondió afirmando con la cabeza para dejarla luego oculta tras su flequillo. -No… No sé que me pasó… Ni sé por qué. Yo me lo prohibí a mi mismo, intentaba ignorarlo, pensar en que solo era una tontería y que se me pasaría con el tiempo.
-Pero no pasó…
-Y no solo eso. Cuando pasamos a tercer grado de secundaría él me contó que se iba a marchar a otra ciudad y para colmo en la otra parte del país. Aquellos días casi me da un ataque al corazón. Y pensando que no tenía nada que perder le dije que me gustaba. Pero sí tenía mucho que perder. -Nao se incorporó sobre sus codos par verle mejor ya más interesado por la historia del chico. -Se lo dije… pero se rió de mi… Y luego no volvió a hablarme hasta que se marchó y ya no he vuelto a saber nada…
-Bueno, así por lo menos no le aguanta.
-Ya si el problema no era ese. -continuó mientras una gruesa gota de agua resbalaba por su roja mejilla sin aguantar los empujes de sus compañeras. -Lo que de verdad me dolió fue cuando se lo contó a todo el mundo. Hasta la preparatoria he estado estudiando en un colegio masculino y después de eso todos mis compañeros me trataron como si les diese asco. Al principio evitaban hablarme, les oía murmurar cosas sobre mi cuando se creían que no les escuchaba. Pero si lo hacía, a mis oídos llegaban cada una de sus palabras y yo no contestaba… No decía nada porque me sentía como si yo tuviese la culpa de ello, como si de verdad me mereciese esos insultos.
-Entiendo. -susurró el castaño bajando algo la mirada intentando deshipnotizarse de Nozomu.
-Y ojala hubiese acabado hay. A lo mejor lo hubiera aguantado. -Nozomu empezaba a notar como su voz se iba quebrando como se quiebra el cristal. Si continuaba así estaba seguro de que no aguantaría sin llorar. -Un tiempo después, al cambiar de curso, llegaron unos tipos que querían dárselas de duros y la tomaron conmigo. Un día me robaron mi estuche y me lo pintorrojearon con un rotulador. Más tarde tiraron no de mis cuadernos por la ventana después de destrozarlo. Y yo, como un tonto, me inventé que lo había perdido solo por no decir lo que me ocurría.
-Debió de ser duro… -volvió a murmurar Nao acabando de sentarse al lado de Nozomu.
-Sí, y yo creía que cuando pasara al bachiller todo acabaría. Que tonto soy. Las cosas no mejoraron, más bien todo lo contrario. Un día… un día… -el rubio ya comenzaba a no controlar ese hipillo que siempre se escapaba de su garganta cuando recordaba cosas que le hacían entristecerse de ese modo. -Cuando fui al baño lo vi, alguien había hecho una pintada en los azulejos. Un dibujo… Un dibujo espantoso para burlarse de mi, escribieron mi nombre incluso mi teléfono móvil, diciendo… que si necesitaban desfogarse con alguien yo me acostaría con cualquiera.
-Pero, eso es muy cruel. -puntualizó Nao ya en tono comprensivo pasando el brazo por los hombros del delgado joven.
-Me quedé paralizado mirándolo, como el tonto que soy. No se ni cuanto tiempo lo miré como si no me lo creyera. ¿Y que hice? Solo pedí en conserjería un limpiador con la escusa de que tenía el pupitre sucio e intenté limpiarlo yo solo. Froté aquel estropajo durante la media hora que duraba el descanso y solo logré hacer desaparecer uno de los números. Las manos se me resecaron por culpa del limpiador y me arañe con el aluminio, y no lo logre. No logré que aquello se fuese. -contaba el rubio ya sin poder contener más su llanto curvándose completamente casi juntando frente con rodillas. -¡Todo el mundo se enteró! ¡Yo estuve muchos años soportándolo en silencio solo para que nadie más que los de la clase lo supiesen pero no me sirvió de nada!

Nozomu hipaba repetidas veces sin controlar en absoluto su ajetreada respiración. Su fino rostro se había teñido totalmente de un intenso rojo lleno de los distintos caminos que habían tomado sus lágrimas. Y aun así, aunque ya fuese inútil intentaba que parasen y para lo único que servía era para avivarlas más. No sabía como ocultarse, movía nerviosamente sus manitas de dedos azulados secándose las mejillas inútilmente puesto que en cuanto las retiraba volvían a empaparse. Se sentía ridículo, ridículo y culpable por todo ello. Seguro que a Nao también le resultaba patético que un chico llorase. Todos se burlaron de él cuando lo hizo inconcientemente en la clase siguiente de aquel descanso que pasó en el cuarto de baño limpiando. Nadie se puso de su parte, nadie se molestó en tenderle la mano para que se levantase del suelo cuando cayó de rodillas ante los insultos de sus compañeros. Ninguno movió un dedo por él. Odiaba su colegio, odiaba a sus compañeros y se odiaba a si mismo. Y ahora a Nao también le daría asco. Pero contra todos los pensamientos que surgían en la complicada cabecita rubia de Nozomu, este sintió como su amigo le rodeaba intentando consolarle. ¿Nao le abrazaba? ¿Es que no le daba “miedo” abrazar a alguien como él? ¿Alguien que acababa de confesar haberse enamorado de otro hombre?

-Nozomu… -susurró el castaño apretando al menor contra él. -Llora, llora todo lo que quieras. Necesitas llorar. Que no te de vergüenza. Nada de lo que te pasó fue culpa tuya.
-Yo… yo… no quería… intenté gustarles… hasta salí con una chica para ratificarlo… pero… ellos… por ellos yo… yo estoy aquí…
-No digas más. Nozomu, no tienes que excusarte. Tú no hiciste nada malo. Y ya no tendrás que aguantarlos más.

Ya de un modo descontrolado, el rubio se desahogaba usando el hombro de su amigo a modo de pañuelo. Sus deditos se engancharon como finos garfios a la polera azul marino de Nao. Y este lo único que hacía era repetirle que no había sido culpa suya. El castaño nunca se había imaginado que alguien tan alegre, dicharachero y nervioso podía haber tenido esas experiencias. En su mente la vida de Nozomu era muy despreocupada y siempre rodeado de mucha gente amable con él. Tan convencido estaba de ello que hasta le tenía envidia. Pero no era así, en el fondo no eran tan distintos el uno del otro como él creía. En el fondo el llanto de Nozomu le recordaba a los suyos propios cuando nadie le miraba. Esas eran las mismas lágrimas de soledad que él tanto soportó, igual que Nozomu. Como le hubiese gustado que alguien le abrazara en esos momentos, por eso él lo hacía. Le entendía, entendía que se sintiera como el culpable do todo ello aunque no fuese verdad. La gente era cruel por naturaleza, sobretodo con los que eran distintos como ellos dos. Y no se molestarían nunca en perder el tiempo escúchalos.

-Nao… -musitó el chico intentando enjuagarse las lagrimas -¿Entonces no te doy asco?
-Claro que no. -contestó el aludido algo sorprendido.
-¿Aunque una vez me gustó un chico?
-No. Eso no es malo. Si te digo la verdad no entiendo demasiado bien esos temas no comprendo lo que se siente, pero pienso que alguien no puede elegir quien le gusta, no puedes decir “no de ti no”. O así lo veo yo…
-¿Enserio? -volvió a preguntar ya más calmado despegándose de él pero aun con sus orbes verdes llenos de líquido.
-Sí, el problema es que esa persona que te guste no sea la adecuada, como en tu caso. Pero esas cosas no se controlan a voluntad. Debe de ser muy duro verte en una situación como la tuya.-siguió mientras retiraba el agua de la sien del pequeño con el envés de su mano.
-Ya veo. ¿Nao tú has estado alguna vez enamorado?
-No, nunca lo he estado de nadie y la verdad es que no creo que yo pueda estarlo nunca.
-¿No? Pues eres muy comprensivo… Muchas gracias por escucharme… ¿Sabes una cosa? eres a la única persona que le he contado esto porque yo he querido.
-No tienes que agradecérmelo.
-¿Entonces seguimos siendo amigos?
-Supongo que sí. Pero que conste que ahora estoy empapado por tu culpa.
-¡Genial! ¿Y me perdonas por que te llamase “tarado”?
-Pues no estoy muy seguro.
-¡¿Qué?!
-Bueno, vale no te enfades.

Nozomu no le contestó, solo le miró con una sonrisa y las lágrimas ya secas en las comisuras de los ojos. Él tampoco se había parado a pensar en lo amable que era Nao en el fondo. Siempre le había tomado como un chico borde y seco que estaba de mal humor casi de manera continua. Pero él también era tierno y amable, capaz de escuchar a alguien y de consolarlo. Dejarle llorar, abrazarlo e intentar comprenderlo. Necesitaba tanto decirle esa historia a alguien, alguien dispuesto a oírla sin burlarse. Tal vez como ambos pertenecían a minorías que solían ser objetivo de burla le entendiese mejor que nadie como era ese sentimiento. Aunque a primera vista el castaño llevase una coraza helada podía quitársela. Y gracias a él ahora se sentía aliviado como si se hubiera deshecho un gran peso de sus hombros. Ahora, tras tanto llorar se sentía alegre, lo que había empezado con una discusión había terminado siendo una de las mayores ayudas que había recibido en todo ese tiempo.

Puede que todavía a ambos les faltase mucho que conoces del otro, pero ese había sido un paso.

-¡Kia! -exclamó la chica morena entrando súbitamente en la habitación del chico con los ojos llenos de gotitas brillantes de emoción.
-¿Amai? -dijo Nao cuando ella se les abalanzó a los dos enganchándose de sus cuellos.
-Estoy tan contenta de que ya os hayáis perdonado. ¡Es estupendo!
-¿Has estado espiando? -preguntó el rubio algo avergonzado.
-Solo desde “Que conste que por tu culpa ahora estoy empapado.” Y ahora vámonos rápido que hay que recuperar el tiempo que habéis perdido insultándoos.

jueves, 30 de diciembre de 2010

11. Palabras mal dichas.

Nozomu estaba sentado en una de las sillas que había junto a la cama del señor Yamato. Había decidido terminar de escuchar la historia que le contaba sobre como pasó la infancia en plena segunda Guerra Mundial. La verdad es que era interesante y a Nozomu le gustaba la gente interesante y con historias que contar. Al parecer, según le comentó una enfermera, el señor Yamato sufría de una enfermedad degenerativa. Alzheimer. Por lo que no recordaba las cosas recientes y en cambio lo que ya tenía más tiempo eran más nítidas.

El pabellón donde el señor Yamato residía no era el mismo que él conocía ya. En cierto modo eso a Nozomu le molestó. Era como si quisiesen aislarlos de los demás pacientes del hospital… como si fuesen nocivos o fuesen a contaminar al resto con sus locuras. Por un momento pensó en ello. Si él se sentía así no podía ni imaginar como se debían de encontrar los demás, normal que no les gustasen. Porque él, al fin de al cabo, no estaba enfermo. De ese pensamiento le llevó a otro… ¡Nao y Amai aun estarían esperándole! Pero que despistado era a veces. ¿Cómo se había podido olvidar de sus amigos? Seguro que Nao se iba a mosquear con él.

Se despidió del anciano no sin antes recordarle su nombre y asegurarle que volvería a verle para que le siguiese contando esas historias que le había narrado por el camino. Se movió apresurado por los jardines con cara alegre. Ya ni recordaba porque estaba disgustado antes de salir del pabellón. Solo un pequeño inconveniente surgió en sus planes… Sus amigos ya no estaban donde se despidieron. ¿Y ahora qué? Se habrían cansado de esperar, pero lo que quería era saber donde estaban ahora. Lo mejor sería volver a su residencia, tal vez habían ido a buscarlo. Correteó nervioso por aquellos laberínticos caminos rodeados de plantas hasta llegar a su destino.

Y estaba en lo cierto. Entró en su pequeño y sobrio cuarto. Allí estaban los dos de espaldas hablando en un susurro. Parecían tan inmersos en su conversación que ni siquiera se percataron de la llegada del rubio.

-¿Qué hacéis aquí chicos? ¿Habéis venido a buscarme? -cuestionó el chico de los ojos verdes acercándose a ellos.
-¡Ah! Nozomu ya has aparecido. -dijo Amai con cara alegre.
-Lo siento, es que me encontré a un anciano que se había perdido por los jardines y le ayudé a volver… -se excusó llevándose una mano al pelo.
-Sí, ya, seguro… -murmuró Nao con un tono que denotaba lo enfadado que estaba con el rubio.
-Perdona Nao, es que me distraje por el camino. -continuó Nozomu intentando disculparse por haberse olvidado totalmente de ellos.
-No es por eso.
-Nao… no te enfades con él. -pidió Amai para calmarlo.
-¿Pero has visto lo que ha hecho con las grullas que le han regalado sus compañeros de clase? -interrogó girándose hacia él señalando el escritorio lleno de cadáveres de papel.
-Pero Nao… -empezó Nozomu.
-¡Nada de “peros”!
-¡Nao, cálmate! -exclamó la chica.
-¡No quiero calmarme! ¡¿Si hace eso con un regalo de sus amigos, qué no hará con nosotros que le conocemos de dos días?!
-¡Nao!
-¡Déjalo, Amai! ¡¿No ves que un crió egoísta como este no se merece que te esfuerces?! -gritó muy enfadado con él. Eso a Nozomu realmente le dolió en su pequeño corazoncito.
-¡¿Y tú que sabrás?! ¡Tú mismo lo has dicho, no me conoces!
-¡Pero sí lo suficiente como para que sepa que eres un niñato mal criado y consentido que solo piensa en él!
-¡Nao, Nozomu, parad! -suplicó la morena sujetando al castaño.
-¡Pues si yo soy un niñato tú eres un loco tarado! ¡¿Qué te crees que no te he oído hablar solo?!
-¡Mira enano, primero súbete a una banqueta y repíteme eso a la cara! ¡Si seguro que tú has hecho eso porque alguno de tus compañeros también te lo dijo!
-¡Basta ya los dos! -chilló Amai con todas sus fuerzas. Provocando que el pasillo se llenase de curiosas que intentaban mirar que ocurría en el cuarto de su compañero de planta. Incluso apareció la doctora Tsubaki con cara furiosa dispuesta a pararles los pies a los chicos.
-¡¿Qué está pasando aquí?! -exclamó la mujer poniéndose entre los dos.
-Ya nada… -concluso Nao dando la espalda a Nozomu para dejar la habitación bastante enfadado.
-Espera Nao. -habló la chica siguiéndole por las escaleras.
-¿Y vosotras que hacéis todavía aquí? A la venga fuera, no hay nada que ver. -ordenó la psiquiatra echando a todas las pacientes del cuarto del rubio. -A ver ahora me vas a decir que es lo que ha pasado.
-Pues… es que unas compañeras me han traído unas grullas de papel, pero yo… Bueno estaba bastante enfadado con ellos y he roto algunas. -empezó a decir mientras se sentaba en el borde de la cama tapándose la carita con las manos. -Y nos sé por qué pero Nao las ha visto y se ha enfadado mucho.
-Y por eso os estabais gritando los tres como desquiciados.
-Sí, le he dicho cosas horribles. Le he llamado “loco tarado”. No debería haberlo hecho.
-Pues no. Pero es normal que se enfade contigo… Deberías entender que él te envidia por tener amigos que se preocupan por ti.
-Pero ya sabes cual es mi problema con mis compañeros de clase. -puntualizó mirándola con sus ojos humedos.
-Ya… yo ya lo sé. Pero Nao no.
-Pero no puedo decírselo. Me da vergüenza.
-¿No estabas tú hace unas semanas contentísimo por ser su amigo?
-Sí pero… ya no se que pensar.
-¿Te gustaría seguir siendo su amigo?
-Claro que sí.
-Pues ve y explícaselo.
-Es fácil de decir. Sin embargo me da miedo. ¿Y si ya no quiere saber nada más de mi nunca más?
-No lo sabrás si no lo pruebas. Nao es más compresivo de lo que muchas veces aparenta, te lo aseguro. Si no lo haces de todos modos no será tu amigo. Es muy cabezota. Pero haz lo que tú quieras. Yo me voy que tengo que atender a una chica que debe de estar esperando. -acabó cerrando la puerta tras de si.

Nozomu se quedó el solo. En silencio. Aquella sensación nunca le había gustado. Era como si estuviese desamparado, un sentimiento cuanto menos parecido al que tuvo en su primer día de confinamiento. No era fácil estar ahí encerrado, y mucho menos sin compañía. Pero Nao parecía realmente colérico con él. Era normal después de todo le que se habían dicho. No tenía que haber aludido a su enfermedad mental. El castaño no había mencionado para nada su mala alimentación. Pero no quería contarle su secreto, él no lo entendería. Seguro que pensaba que era una cosa de críos. Sin embargo era mejor arrepentirse de hacer algo que arrepentirse por no hacerlo.

“Cuantas veces te he dicho que eres estúpido. Solo consigues hacerte daño una y otra vez, como si te dieses golpes contra una pared intentando echarla abajo.” Le recriminó Noa al dueño de la cabeza que habitaba.

En la habitación con el número 202 Nao manchaba de nuevo su lienzo. Esta vez los colores elegidos para el extraño arte del esquizofrénico habían sido todos de la gama del rojo. Se movía mucho mas rápido y furiosamente que la noche en la que conoció a Nozomu. Cada una de sus brazadas era vigilada por la atenta mirada de la morena que parecía querer grabarlos. Pocas veces había tenido ocasión de ver a Nao así de enfadado puesto que este no era un chico que mostrase sus emociones abiertamente.

-Nao… -susurró intentando llamar su atención.

Pero el castaño estaba tan sumido en su oscuro mundo que parecía no escuchar nada a su alrededor. Si alguien hubiese visto en ese momento el aspecto desquiciado de Nao. Con su ceño fruncido, los ojos brillantes como si llevasen una capa de esmalte negro y sobretodo sus manos manchadas de rojo, podía pensar que acababa de cometer un asesinato brutal. Parecía murmurar maldiciones para si mismo, seguramente en alguna estresante conversación con la voz de Noa. Amai desvió la mirada de él al resto de dibujos esparcidos por todo el cuarto. Estaba segura de que Nao realmente consideraba a Nozomu su amigo. Si no nunca se habría enfurecido tanto con él porque simplemente lo hubiera dejado pasar. Pero no podía evitar preocuparse por él. Cuando el castaño se irritaba no había ser capaz en el mundo de controlarle, sobretodo ella que era no le alcanzaba en estatura ni en fuerza. No se quería ni imaginar lo que habría llegado a pasar en ese cuarto si no hubiese aparecido la doctora. Y pese a lo que pareciera en ese momento Nao no era una persona violenta, ni mucho menos, pero a veces no era capaz de contenerse.

Nao de pronto sin previo aviso se paró. La habitación se llenó de ese silencio incomodo que parece una aguja de coser clavándose en el cerebro de ambos. El chico giró la cabeza lentamente hacía la morena. Parecía haberse calmado de golpe como las tormentas de verano que se acaban de un momento a otro.

-Lo siento Amai… No quería asustarte. -habló con voz algo ronca, tal vez por haber gritado como un poseído en la habitación de Nozomu.
-No pasa nada… pero deberías hablar con Nono.
-¿Para qué?
-Pues para que los tres volvamos a llevarnos bien. -contestó ella en tono inocente.
-Déjalo, Amai. Ya no hay nada que hacer.
-No seas pensinista, hombre.
-Se dice “pesimista”.
-Pues lo que he dicho. Tendrías que explicarle lo que piensas…
-Ya lo hice.
-Pero sin gritar. Creas que no a la gente le molesta que le chillen sin saber ellos por qué. A lo mejor él a tenido su motivo igual que tu has tenido el tuyo para enfadarte. -la chica de ojos pardos se alejó unos pasos hasta la puerta sin quitarle la vista de encima. -Voy a recoger a Miss Teddy Margot, que la he dejado en el cuarto de Nono. Haced lo que queráis… Pero yo no quiero tener que turnarme para estar con mis amigos.

Amai dejó el cuarto y al oír el sonido de la puerta cerrándose tras de si Nao se dejó caer sobre el colchón provocando un sonoro estruendo. No había tenido un buen día desde luego, empezando por la pesadilla de aquella mañana. Tal vez seguía algo sensible por la medicación que le habían dado el día anterior. La cabeza le iba a estallar por culpa de las cargantes e innecesarias palabras de Noa.

-Estaba el señor don Gato, sentadito en su tejado, marrama miau miau miau… sentadito en su tejado. Ha recibido una carta… -comenzó a canturrear con un susurro amargo y triste mientras sus orbes negros se clavaban en el techo del cuarto como si pudiesen ver el cielo através de el cemento y el hormigón.

“No cantes esa canción, sabes que suena demasiado tétrica, deprimente y tonta.” comentó Noa. Pero Nao pareció ignorar totalmente porque seguía con su melodía casi inaudible. Del mismo modo no escucho el sonido de una manita golpeando la puerta para poder pasar.

-Nao… ¿Puedo pasar? -pidió el pequeño rubio asomando su cabeza por la puerta para ver si le estaba escuchando.
-Se ha roto siete costillas el espinazo y el rabo, marrama miau miau miau… el espinazo y el rabo.
-Nao… No quiero estar enfadado contigo… Y… bueno… yo quería… -se intentó explicar el chico sin atreverse a fijar en él sus brillantes ojos verdes. Era normal que le ignorara, pero tenía que intentarlo al menos.
-Ya lo llevan a enterrar…
-Yo quiero… que seas mi amigo… Y los amigos se cuentan las cosas que les pasan… Y… quería que me escucharas… pero da igual, si no lo haces lo entiendo. -murmuró con un deje triste cerrando de nuevo la puerta.
-Espera. -ordenó Nao sin despegar el cuerpo de las sábanas y con la vista al frente como si llevase puesto un collarín invisible. -Te escucho.

viernes, 26 de noviembre de 2010

10. Las grullas rotas.

“Espero que vuelvas pronto.”

Pudo leer Nozomu en un trozo cuadrado de papel lila con una elegante letra redondeada. Los ojos del rubio se volvieron brillantes como si una capa de barniz de amargura los cubriese. Aun así sin, ningún tipo de pena ni resentimiento ni pena, tiró de cada lado de la que antes era una grulla rompiéndola en dos trozos más o menos iguales y haciendo lo mismo con esos dos convirtiéndolos en cuatro para luego solo acabasen en la papelera. Después tomó otra grulla para deshacerla, leer lo que en ella ponía y repetir el proceso mientras mascullaba palabras confusas como si de un conjuro se tratara.

Amai corría alegremente hasta el lugar donde había dejado a sus dos amigos esperando. Pero al único que vio fue a Nao sentado en el banco de metal junto a su oso Miss Teddy Margot. Parecía muy distraído y ensimismado en su mundo mental y esa situación era muy tentadora para gastarle una bromita.

-¿Quién soy? -preguntó la chica tapándole los ojos desde detrás intentando poner una voz grave.
-Cuanto tiempo sin verte Hanako. -contestó el castaño sabiendo que eso molestaría a su amiga.
-¡Uy! ¡No me llames así! -se quejó ella dándole un fuerte tirón de la coleta a modo de venganza.
-¡Ah! ¡Que daño!
-No me vuelvas a llamar como a esa tonta y no te tiraré del pelo. -respondió poniendo una pose de orgullo y algo de altivez.
-Tampoco es para tanto…
-Si es para tanto. ¿Te gustaría que te llamara Tsuke? ¡A que no! ¡A que no!
-No es lo mismo… A ti Hanako no te ha hecho nada malo…
-Si que me lo ha hecho. Me daña en lo más profundo de mi sensible corazoncito.
-Vale, vale… hay que ver como te pones cuando hablamos de ella.
-Jeje, ese es mi lado oscuro. Y todavía no lo conoces bien, guapo.
-Lo que tú digas, pues controla tu lado oscuro.
-Lo intentaré pero no te garantizo nada… Cambiando de tema, ¿dónde está Nono?
-Fue a su cuarto a dejar unas grullas de papel que le trajeron unas compañeras de clase. Supongo que ya no tardará mucho.

Pero Nozomu, perdido en sus propios pensamientos, parecía haberse olvidado completamente de que les había dicho que volvería enseguida. Las grullitas que sus compañeros le regalaron se habían convertido en unos pedazos de colores, y las pocas que habían conseguido sobrevivir a la matanza estaban esparcidas por el escritorio. Nozomu las miraba con una extraña mezcla de amargura y rabia en los ojos. Ya casi se había olvidado de que tenía que volver con los otros dos residentes. La cabeza le dolía como si le estuviesen clavando mil agujas el cerebro. Su respiración era pesada y hacía que el labio inferior le temblase. En esos momentos se recordaba al propio Nao cuando se ponía nervioso.

Decidió salir en el cuarto dejando toda la habitación llena de pájaros descuartizados. Bajó las escaleras casi arrastrando los pies. Y salió del pabellón perdiéndose por los largos jardines del hospital.

Definitivamente te había olvidado de que tenía que regresar a las pistas. Andaba por un camino que ni él sabía a donde le llevaba, ni le importaba. No quería hablar con nadie, ni ver a nadie… cosa realmente rara en él, o eso creía todo el mundo. Pero Nozomu estaba harto, muy harto y cansado. Y ni siquiera él sabía bien de que exactamente. Pero sabía que no le gustaba sentirse así. Perdido. Perdido y solo en un lugar extraño, con gente extraña. Y lo que más le perdía era que se encontraba mejor allí encerrado que fuera con la gente supuestamente “normal”. Eso era lo que más detestaba “la gente normal” . ¡Que odiosos! Con esos aires de superioridad que a veces se llegaban a confundir con una estupidez que rozaba el límite de lo insospechado. Y encima hipócritas. Él no era un chico “normal” por eso no le querían… a nadie le gustaba. Seguro que los falsos de sus compañeros de clase incluso se habían alegrado de perderle de vista. Y si no saliese nunca ninguno de ellos se preocuparía por decir “¿Qué habrá sido de Nozomi?” Ellos no eran ni un ápice mejores que Nao o que Amai ni que él tampoco.

En su cabeza rubia todas esas ideas confusas e inconexas daban vueltas una y otra vez como si estuviesen en el centro de un huracán. Y eso hacía que la cabeza le doliese más. Si es que eran malos hasta para la salud. Cerró sus ojos esmeralda y respiró profundamente como si eso consiguiese que el dolor de cabeza se disipara. Deseó por un momento olvidarse de todo, absolutamente de todo de lo que le había pasado antes de entrar allí. No recordar a nadie, solo a su familia. Y cuando los volvió a abrir se encontró con una figura al otro lado de una de las pequeñas parcelas del jardín.

Se fijó mejor. Era un señor mayor apoyándose en un bastón de madera, que parecía algo perdido. El típico abuelillo con aspecto entrañable pero despistado como si no supiese donde tenía que ir. El rubio corrió unos metros hasta el seños para ver si podía ayudarle en algo. En ese momento quería sentirse un poco útil.

-Señor… Señor… ¿Necesita ayuda? -preguntó el chico acercándose por detrás, tocando el hombro del anciano desde su posición. Cuando el hombre se dio la vuelta se le quedó mirando fijamente como si tratase de escanear a Nozomu.
-¿Shinobu? -preguntó viéndolo con expresión algo confusa y extrañada que sorprendió bastante al equivocado aludido. -¿Qué haces aquí, Shinobu?
-Yo… esto señor, yo no me llamo Shinobu. Se está equivocando. -contestó Nozomu tratando de ser lo más educado posible.
-No, tú eres Shinobu sin duda. En Japón no hay muchas chicas con el pelo rubio como tú Shinobu. Pero… ¿Por qué te has cortado el pelo? -respondió totalmente convencido de lo que le estaba diciendo. Nozomu se sintió un poco raro por haber sido confundido con otra persona y para colmo con una chica y no sabía que contestar.
-Lo siento pero es que yo no soy Shinobu…
-¿Pero como te has podido olvidar de tu propio padre? ¿Es que llevo tanto tiempo sin verte?
-Pero señor… si es que yo nunca le había visto antes. Me está confundiéndome con otra persona. Yo me llamo Nozomu. Y además soy un chico. Vale que tengo un aspecto andrógeno pero no es para llamarme chica… creo.
-¿En serio? ¿En serio tú no eres mi Shinobu? -habló el desconocido con un tono que denotaba bastante su desilusión.
-No… lo siento pero mi nombre es Nozomu Nozomi… ¿Puedo ayudarle en algo? ¿Se ha perdido?
-Creo que sí, no recuerdo donde tenía que ir. Ni tampoco por donde tenía que ir… a donde fuese.
-¿No? Este lugar es laberíntico… Le puedo acompañar hasta el pabellón central allí podrán ayudarle mejor que yo. -concluyó el rubio indicándole al anciano que comenzasen a caminar pausadamente hasta donde seguramente debía de estar ese hombre. -Por cierto señor, ¿cómo tengo que llamarle?
-Yamato está bien… ¿Y tú como te llamabas?
-Nozomu… Nozomu Nozomi, señor Yamato. -volvió a decir por tercera vez el joven.

Nao miró fijamente a Amai otra vez como si pretendiese leer lo que había escrito en la complicadamente de esa chica. Amai por su parte intentaba poner su mejor cara de póquer para que el castaño no lograse su intención. A los dos el tedio ya les podía, y se intentaban entretener con uno de esos juegos cuanto menos tontos e infantiles.

-Una mariposa. -sentenció el chico con media sonrisa triunfal.
-¡Jopeta! Otra vez lo has adivinado. Seguro que estás haciendo trampas.
-¿Y como se supone que las hago?
-Eso es lo que todavía no he llegado a entender…
-Si es que eres muy simple, o son animales o bichitos o cosas así…
-Lo que tu digas. Venga te toca… ¿Qué ves?
-Este juego es un autentico aburrimiento.
-Ya… ¿pero donde se su pone que está Nono? ¿Se lo ha comido el mounstruo de debajo de la cama? ¿O qué? -preguntó cometiendo una de sus habituales incorrecciones en el lenguaje oral.
-No sé donde estará.
-¿Vamos a buscarlo?
-Bueno, vamos a ver donde se ha metido… -se pusieron de acuerdo ambos levantándose del banco en el que aun estaban sentados y sin olvidarse de llevar con ellos a el osote Miss Teddy Margot.

Los dos chicos y el oso caminaron hasta el edificio donde se suponía estaba el tercero en el grupo. Subieron hasta la planta donde los pacientes con una menor masa corporal pasaban las horas de tedio como hacían todos en ese hospital. Amai llamó a la puerta del cuarto con número 184 con bastante energía mientras exclamaba el nombre de el rubio para que saliese de su escondrijo. Pero nadie les contestó. Esperaron un par de segundos dándole una oportunidad para responder a su llamada. Pero nada de nada.

-Capaz será de haberse quedado dormido. -acusó el castaño mirando la puerta cerrada.
-Sí… como venganza por haberle dejado a él solo ayer ¿no? -siguió ella con tono bromista girando el pomo de la puerta para abrirla.

Los dos pasaron al todavía vacío dormitorio del chico rubio. Como era una habitación pequeña no hacía falta mucho para percatarse de que allí no había nadie aparte de la pareja de amigos y el peluche.

-Una de dos: o Nozomu se ha largado y nos ha dejado plantados como palmeras… o el malvado mounstruo de debajo de la cama se lo ha llevado a su reino de terror para hacer caldo con él. -se rió ella mientras que hacía el gesto de mirar bajo el mueble donde dormía el chico como si jugasen al escondite. -Si resulta que es lo segundo tendremos que ir a salvarlo, pero si resulta que en realidad es lo primero la que hará caldo con él seré yo.

La chica se quedó callada unos segundos cuando sus ojos castaños se fijaron en un trozo de papel rojo en el suelo. Para luego incorporarse mirando alrededor encontrado toda la habitación llena de esos colores y que Nao también se había percatado de ellos. El castaño los miraba con un gesto serio y algo rígido. Parecía algo molesto por aquello que se habían encontrado.

-¿Qué será todo esto? -se cuestionó la morena mirando todas las grullitas destrozadas encima del escritorio y en la papelera de esa habitación.
-Esas son las grullas que le han regalado sus compañeros de clase a Nozomu. -contestó algo secamente el castaño.
-¿De veras? ¿Y por qué las ha roto?
-No lo sé… pero no me parece bien. Ellos han tenido que estar esforzándose para hacer tantas. No debería haberlas roto. Pero él sabrá por qué lo hizo…

Nao desde luego también se sentía fuera de si. ¿Qué más le daba a él lo que hiciese Nozomu con esos pájaros de papel? Eso le dolía, por algún motivo le molestaba el gesto que el rubio había tenido con sus compañeros. Tal vez por que con él nadie había tenido con él un detalle como el de ese grupo con Nozomu. Y que los despreciara realmente le había molestado.

“No puede ser que de veras ese chico te importe tento como para enfadarte.” habló la famosa voz de la cabeza del joven haciendo de nuevo acto de presencia.

-Cállate Noa. -susurró el castaño intentando que la chica no le escuchase pese que realmente ella ya conocía la existencia de esa alucinación.

“¿Es que no te alegras de volver a tenerme aquí? Admítelo, no sabes vivir sin mí.” Siguió hablando la voz a su aire como. “Mírate, me despisto un par de días y te vuelves un débil que se molesta por una tontería que ha hecho un criajo egoísta y desagradecido.”

Puede que tuviese un mínimo de razón… ¿Dónde había quedado su filosofía de “Al mundo no le importa Nao, a Nao no le importa el mundo”? Pero por algún motivo estaba molesto por eso… Y Nozomu no parecía de ese tipo de personas que desprecian los regalos de los demás. Puede que por otro lado quisiese entender por qué las rompió.

domingo, 14 de noviembre de 2010

9. Gente que espera.

-“Estaba el señor don Gato, sentadito en su tejado. Marrama… ¡Miau! ¡Miau! ¡Miau! Sentadito en su tejado. Ha recibido una carta…” -canturreaba una dulce vocecita en los sueños de Nao.

Todo estaba tan oscuro que solo podía ver sus propias e infantiles manitas haciendo botar una pelota de goma azul. Y solo se escuchaba a si mismo entonando aquella intrigante canción y el ruido de la pelota a chocar con el suelo a modo de metrónomo. Aunque todo fuese un sueño podía sentir frío y la humedad que helaba sus pies descalzos y una brisa cortante chocando con el resto de su piel.

-Nao… ten cuidado. Si rompes algo con la pelota se enfadará mucho. Te volverá a regañar, además él ya te había prohibido que jugaras en casa… -advirtió otra vocecilla muy similar a la cantarina.
-“¡Miau! ¡Miau! ¡Miau! Sea caído del tejado…” No te preocupes, Noa. No se va a enterar. Tu solo descansa y ponte bueno, yo me ocupo de lo demás. “Se ha roto siete costillas…”
-Pero hoy me toca a mi.
-“El espinazo y el rabo…” He dicho que no te preocupes yo lo haré por ti. “Ya lo llevan a enterrar caminito del mercado. Marrama… ¡Miau! ¡Mia…!” Ya viene… -murmuró cuando de pronto se escucharon unos pasos sigilosos.

Nao se despertó como si unas cuerdas de marioneta tiraran de él haciendo que se incorporara. Su respiración se había acelerado bastante debido a esa ultima parte del sueño, él ya sabía como continuaba y no quería ni pensar en ello. Hacía mucho que no tenía esa pesadilla, pero ahora volvía a su mente como si pretendiera avisarle de algo. Tal vez era solo por lo nervioso que estaba esos días y las vueltas que había empezado a darle a todo lo que ocurría a su alrededor.

-Sí… solo es eso… me estoy preocupando demasiado. -se dijo a si mismo después de esa corta reflexión mientras sus pulmones se relajaban progresivamente.

Era más temprano que lo que el castaño acostumbraba a despertar por su propio pie, pero lo raro era que no hubiesen aparecido por allí Amai o Nozomu para obligarle a hacerlo. Tal vez es que había asustado demasiado al rubio con lo del día anterior, aunque no lo recordase muy bien sabía lo ocurrió. En cierto modo se sentía algo culpable de ello, por lo que decidió ir a buscarle para explicárselo. El problema ahora era donde podrían haberse metido. Se paró a pensar un par de segundos en silencio esperando a que la bombilla se le encendiera por sí sola. De pronto lo que esperaba se hizo y recordó como sus dos compañeros hablaban hacía un par de días de ir a jugar a las pistas que había en el hospital. Allí iría.

Unos minutos más tarde llegó a donde su intuición le llevó, efectivamente allí estaban ambos. Amai corría tras haciendo botar un anaranjado balón de baloncesto mientras el rubito intentaba seguir su ritmo y arrebatárselo sin conseguir nada. Los dos parecían bastante animados en comparación al día anterior. Les miró un par de segundos y luego se percató de que había allí una cuarta persona. Desvió sus ojos negros a un hombre joven que no llegaría a los treinta años de pelo negro y ojos azulinos enmarcados en unas gafas de un color similar. Estaba sentado en un banco de acero junto a un osote de peluche que casi lo ocupaba entero. Se acercó lentamente al moreno para saludarle antes de molestar el intenso juego de los otros dos.

-Buenos días Keigo. -saludó levantando un poco la mano a la altura de la cabeza.
-Hombre Nao, cuanto tiempo sin verte. ¿Cómo estás? -preguntó él poniéndose de pie para recibir al chico.
-Bien aquí estamos, como siempre. ¿Ya le has traído a Miss Teddy Margot a Amai? -siguó el más joven refiriéndose al oso de peluche.
-Sí, ya me ha dicho Mizuki que ayer se deprimió y decía que no la quería. Espero que no te molestara demasiado.
-No, a mi no me molesta nada.
-¿Y ese chico? Nozomu creo que dijo que se llamaba. ¿Es nuevo? Nunca le había visto antes.
-Sí llegó hará unas tres semanas.
-Parece que se ha hecho amigo de Amai, me alegro. Tiene pinta de que es muy simpático por lo que hemos estado hablando.
-Sí, ellos se han llevado muy bien. Son tal para cual.
-Estarás contento de que los dos valláis mejorando. -insinuó con media sonrisa mirando a Nao.
-¿A que te refieres?
-A que antes ninguno de los dos os dejabais tocar por nadie. Puede que fuera que cuando erais pequeños os parecía que nadie os iba a entender. Pero mira ahora…
-Amai a mejorado mucho… creo que no le queda mucho para salir de aquí.
-Tú también saldrás pronto. -le alegró dándole una palmada en la espalda.
-Amai… vamos… vamos a parar un poco… -propuso el rubio con la respiración entrecortada por su poca resistencia al esfuerzo físico.
-¡Pero que flojo eres Nono! -contestó la chica parando en seco su carrera.
-¡Yo no soy flojo! -se quejó el rubio andando hacia los dos del banco metálico. -¡Nao! ¿Ya te encuentras mejor?
-Sí, ya estoy bien. Gracias. -contestó el castaño desviando un poco la mirada algo avergonzado por lo ocurrido el día anterior. -Siento haberte asustado.
-No fue nada, además fui yo el que me puse muy pesado. No volverá a pasar. -siguió el chico más bajito con una enorme sonrisa. Nao no le respondió solo le dedicó una mirada a modo de agradecimiento.
-Bueno chicos, yo creo que me tengo que ir yendo. Ya voy tarde al trabajo. -habló Keigo mirando su reloj de pulsera. Para luego acercarse a la chica que seguía muy afanosa en marcar canastas con su balón anaranjado. -Amai, yo ya me voy.
-¿Qué? ¡Jopé! -se quejó ella al oír eso.
-Ya, pero lo siento me he ausentado mucho.
-Pero te voy a echar de menos… -siguió Amai bajando la cabeza.
-No te preocupes son solo unos días, además estás con tus amigos. -dijo él acariciándola el pelo para consolarla.
-¡Pero que no te se olvide llamarme!
-Se dice “se te” no “te se”. -corrigió el joven echando una suave risa.
-¡Como sea! ¡Tú no te olvides!
-De acuerdo no me olvidaré. -finalizó con tono amable dándole un suave beso de despedida en la frente. Luego se volvió a dirigir a los dos chicos. -Me alegro de haberte conocido, Nozomu y a ti de verte de nuevo Nao. Cuidad bien de mi hermanita. Nos vemos pronto.
-El placer ha sido mío. -contestó el rubio mientras el joven se marchaba hacia el aparcamiento.
-¡Voy a acompañar a Kei-chan hasta el coche ahora vengo!-exclamó Amai agitando la mano en el aire con fuerza.
-El hermano mayor de Amai parece amable lo poco que hemos hablado. -Empezó Nozomu con su habitual sonrisa.
-Keigo no es el hermano mayor de Amai. -corrigió Nao.
-¿No? Pues antes la llamó hermanita.
-Pero no lo es. -comenzó a explicar el castaño mientras se sentaba en el banco metálico junto al gran osote. -Amai es como yo.
-¿A que te refieres con “como yo”? -preguntó el curioso rubio sentándose al lado de su amigo.
-A que a los dos nos abandonaron. -contestó impasiblemente clavando sus ojos negros en el cielo nublado. Nozomu se quedo callado esperando a que el castaño siguiese con su explicación. -Solo sé lo que ella me ha contado, es normal que no le guste hablar del tema. Pero me dijo que ella y su madre eran iguales, ambas tenían la misma enfermedad. Ella la abandonó en una casa de acogidas. Tuvo suerte y Keigo la adoptó.
-Ya entiendo… -murmuró Nozomu asintiendo con la cabeza. -¿Y tú también estuviste en esa casa de acogidas?
-Que más me hubiese gustado… -respondió amargamente en un susurro como si no quisiese que le escuchara.
“Nao te cuidado, si no te portas bien, si le enfadas te volverá a castigar.” Sonó la voz del sueño sobresaltando a Nao bastante incluso haciendo que diese un pequeño salto en el sitio.
-Nozomu, ¿has dicho algo? -preguntó por si por un casual no fuese su mente jugandole una broma pesada.
-No, no he dicho nada… -contestó el rubio volviendo a poner voz algo preocupada por su amigo. -¿Te pasa algo? ¿Te encuentras mal? ¿Necesitas descansar?
-No es nada solo es que esta noche tuve un mal sueño y no me lo quito de la cabeza, pero no te preocupes estoy bien. -siguió él notando como estaba alarmando al pequeño rubio.
-¿Una pesadilla? Sabes, yo cuando tengo pesadillas las escribía en un papel y luego lo quemaba.
-¿Y servía para algo?
-En realidad no, pero yo lo hacía. -dijo riéndose porque realmente sonaba tonto.
-Pues mejor yo no lo hago, lo que me faltaba que me pillaran quemando cosas y me tomasen por un pirómano.
-Sí la verdad es que no es muy buena idea hacerlo aquí.
-¡Nozomu! -exclamó Sachiko interrumpiendo la conversación.

Parecía muy alegre, bueno aunque esa enfermera siempre parecía estar contenta. Se acercaba progresivamente a los dos pacientes mostrando un ramo multicolor, que desde la posición de los chicos no se veía muy bien lo que era.

-Mira lo que te han traído unas compañeras de clase para que te recuperes pronto. -habló la mujer mostrando que lo que le daba color al ramo eran unas grullas de origami hechas con papel.
-Valla, que bonitas. ¿Dónde están ellas? ¿Se han marchado?
-Sí dijeron que tenían que ir a trabajar. Pero que esperan que vuelvas pronto a clase.
-Serian Keru y Kanata, son las únicas que trabajan, que monas. Me gustaría haberles dado las gracias.
-Pero no solo ellas, dijeron que las habían hecho entre todos los compañeros y que te han dejado mensajes escritos dentro de las grullas. Tus amigos te deben de querer mucho. Que suerte tienes. -explicó con una amplia sonrisa.
-Sí… supongo.
-¿Pero eso para que es? -preguntó Nao mirando los aves de papiroflexia.
-¿No lo sabes? -preguntó Nozomu con voz muy extrañada.
-La tradición dice que si alguien logra reunir mil grullas de papel a este te le concederá un deseo. Por eso es costumbre regalarles ramos de grullas a los enfermos, para facilitarles el trabajo. -contestó la enfermera.
-Pues no lo sabía.
-Valla, Nao, mira que no conocer esas cosas tan elementales. Eres todavía muy crío.
-Y eso me lo dice alguien que quema papeles con pesadillas.
-¡Huy! No te metas conmigo Kanou o la vamos a tener.
-Sí no me digas eso que me aterrorizas. -siguió en tono jocoso -Será mejor que dejes tus grullas queridas en tu habitación. Se va a poner a llover y no querrás que se te estropeen.
-¡Claro que no! Voy a mi cuarto ahora mismo a dejarlas. Tú quédate aquí esperando a Amai y cuidando a Miss Teddy Margot. -sugirió señalando al oso de peluche sentado junto a Nao.

Nao siguió con su negra mirada los pasos alegres del rubio junto a los de la enfermera. No podía evitar sentir como algo le dañaba en su corazón, como si alguien le quemara con un cigarrillo encendido o con agua hirviendo. Tenía celos, una enorme envidia de sus dos amigos. Ellos tenían gente al otro lado de las verjas, tenían amigos y familia, personas que le querían y querían que volviesen con ellos. Pero él no tenía a nadie. Nadie le esperaba, nadie estaría allí con una sonrisa cuando saliera del hospital. En momentos como esos le parecía que salir de aquel odiado lugar no iba a solucionar nada. Que su amargura no iba a desaparecer como por arte de magia al irse. Y no solo eso, ¿cuándo salieran de allí Nozomu, Amai y él seguirían siendo amigos o se separarían? No quería perderles también a ellos. Pero ellos seguirían con sus vidas… no le esperarían… ellos eran fuertes, no como él.

“Por fin te das cuenta de lo solo que estás.” habló Noa desde su posición cerebral.
-Tienes razón. Estoy tonto… hablo como un niño pequeño. La vida es así, no debería haberme encariñado de ellos. -se recriminó a sí mismo como si se decepcionara.

Pero por mucho que se lo prohibiese a si mismo una y otra vez, no podía evitar tener ese miedo infantil e irracional a volver a quedarse solo. Simplemente le superaba.

domingo, 24 de octubre de 2010

8. Cuando me dices "basta".

Nao se desperezó pesadamente estirando los brazos y las piernas hasta que sus huesos no le permitían más. Ese día tenía que ver a la doctora antes de lo habitual, ese día era el que más odiaba y que se repetía cada dos semanas, ese día era el día de inyección. Se quedó un par de minutos con la mente en blanco y los ojos fijos en la nada. Le daba tanta pereza bajar, no le apetecía nada que volvieran a “drogarle” a base de haloperidol. Se vistió, no con mucho esmero, y ni se molestó en anudarse el pelo, ¿para qué si iba a pasar el resto del día metido en la cama?
“¿Estarás contento de librarte de mi durante unas horas?” Pocos minutos después ya llamaba a la puerta de la consulta de Mizuki esperando una señal de esta para entrar en ella.

Nozomu se levantó literalmente saltando de la cama . Como era habitual en él estaba contento, porque ya no solo tenía un amigo sino que ya contaba con dos en su corta lista de relaciones sociales. Porque aunque Nozomu fuese amable y divertido algo había en él que hacía que nadie quisiese ser amigo suyo. Él, al contrario que Nao, siempre ponía mucho empeño en estar perfecto. Pero por alguna razón todo lo que se probaba a sus ojos le sentaba mal… mal era decir poco, le sentaba fatal. Todas las mañanas le pasaba lo mismo, se pusiera lo que se pusiera nunca encontraba la ropa adecuada para conseguir esa perfección que buscaba. Finalmente, ya algo resignado, se ponía la ropa que a su punto de vista le sentaba mejor, aunque no le favoreciese todo lo que le él quería.

Salió de la habitación y a base de pequeños brincos subió las escaleras hasta la quinta planta del pabellón residencial. La primera de las puertas que abrió fue la de la habitación de Amai que estaba un único metro antes que la 202 de Nao.

-¡Buenos días Amai! - exclamó abriéndose paso con su amplia sonrisa en el cuarto de la chica que todavía estaba acostada. El interior estaba totalmente oscuro para lo colorido que lo vio el día anterior, tanto que incluso asustó un poco al rubio. -Amai…
-Déjame Nozomu… -contestó la morena con tono lloroso.
-¿Qué te pasa Amai?
-No… Nada… no te preocupes… pero déjame.
-¿Cómo te voy a dejar si estás llorando?… dime que te ocurre.
-¡Que Kei-chan me ha dejado de querer! ¡Por eso estoy otra vez aquí yo sola! ¡Seguro que esta vez no vuelve a por mi!
-¿Quién es Kei-chan? -preguntó el rubito realmente intrigado.
-Kei-chan es Kei-chan… -respondió ella como si así lo fuese a entender.
-Desde luego… Aclarador… ¿Y por qué dices que no va a volver a buscarte?
-Porque no me ha traído a Miss Teddy Margot… -Nozomu ni se molestó en preguntar quien era solo se quedó esperando la explicación de su amiga. -Miss Teddy Margot es mi tesoro, él me la regaló y se ha olvidado de traérmela… ¡No! No se ha olvidado lo que pasa es que no ha venido a traérmela porque ya no va a volver. Él ya no me quiere, porque soy una molestia.
-Pero se habrá despistado… seguro que te sigue queriendo.
-No, esta noche no he podido dormir bien porque no tengo a mi querida Margot y él sabe que la necesito… ya no le debo de importar nada… me ha abandonado.
-Aun así…
-No te esfuerces Nozomu… -habló Nao desde detrás de ellos dos asomándose por el umbral de la puerta. -Cuando se pone así es imposible hacer que sea racional… déjala descansar dentro de poco se le pasará.

Nozomu no dijo nada solo miró a la chica metida en su cama como si fuese una crisálida. Lentamente caminó hasta reunirse con el castaño fuera de la habitación. Nozomu echó una última apenada mirada a la morena hasta cerrar la puerta intentando no molestarla. Luego desvió su verde mirada a Nao. Llevaba el pelo suelto lo que hizo que el rubio se extrañase bastante. Aparte del pelo también tenía una expresión extrañamente inexpresiva, más de lo habitual como si sus ojos fueran de un negro mate. Por algún motivo que él no se explicaba aquello no le gustaba demasiado. Pero Nozomu desvió la mirada intentando ignorar la rara sensación que el aspecto de Nao le daba aquella mañana.

-¿Bajamos a desayunar? No quiero que Tsubaki-san se enfade conmigo, me ha dicho que en cuanto se entere de que no como me volverá a obligar comer con todas las chicas de la segunda planta. -habló intentando que mantuviesen una conversación.
-No, Nozomu hoy no me apetece nada. Voy a echarme un rato. -contestó el castaño con un marcado tono de desgana.
-Pero… -el rubio quiso probar a convencer al chico sin embargo por alguna razón no lo hizo. -Vale pero luego vendré a por ti…
-Gracias… -murmuró Nao a modo de contestación con un hilo de voz casi imperceptible como si no quisiese que Nozomu o escuchase. Al mismo tiempo se dirigía a su cuarto con pasos lentos como si tuviese una gran carga enganchada a cada tobillo.

El más joven de los dos solo le miró perderse en su desordenado cuarto con cierta cara de preocupación. Luego sin decir nada se movió hasta la cafetería del hospital para sentarse junto a sus compañeras de enfermedad y la enfermera que aquella mañana le tocaba vigilarles. No podía quitarse de la cabeza lo raros que estaban esa mañana sus dos amigos, la una llorando porque decía que “Kei-chan” ya no la quería y que la había abandonado, y el otro con su mirada hueca y cara de indiferencia total. Verles a ambos hasta había conseguido entristecerle a él. Daba lentas vueltas a la leche desnatada de su vaso como si se estuviese hipnotizando así mismo. Se aburría mucho él solo. Y para colmo parecía que fuese a llover de un momento a otro y eso todavía le apenaba más.

Las agujar del reloj parecían ralentizarse cuando estaba sin gente a su alrededor. Pasó un par de horas tediosas hasta la saciedad hasta que no pudo más y volvió a subir a la cuarta planta donde estaban sus amigos descansando. Abrió muy despacio la puerta de la morena… seguía todo a oscuras… mejor no molestar. Llamó a la de Nao. Que él supiese al castaño no le pasaba nada, ya había descansado suficiente.

-Nao… he venido a buscarte porque estoy muy aburrido. -habló con voz inocente entrando en el cuarto.

Vio con algo de desilusión que su amigo seguía durmiendo con media cara hundida en la almohada y la otra tapada casi completamente por sus cabellos color café. El chico decidió que tenía que despertarle, que durmiese tanto no era normal.

-Nao… despierta… eres un dormilón. -se quejó. La piel de Nao era muy fría, tenía las manos congeladas, tanto que si Nozomu no pudiese escuchar su adormilada y tranquila respiración dudaría de que estuviese vivo. -¡Jopeta Nao!

El chico castaño se rebulló pesadamente con un quejido entre las sábanas de su cama. Abriendo sus ojos negros intentando acostumbrarlos a la luz. Sintió como Nozomu tiraba de su brazo para incorporarlo. Tenía ganas de chillarle y decirle que le dejase en paz, pero no tenía fuerzas ni para eso. Estaba tan agotado que incluso Noa estaba dormido en algún rincón de su cerebro, y todo por la medicación.

-¿Qué quieres ahora? -preguntó con voz cansada mirándole como si tuviese que pedirle compasión.
-Estoy muy aburrido… vamos ha hacer algo… -contestó tirando de él para que se levantase.
-Pero… Nozomu de veras que no me encuentro bien. ¿No podríamos dejarlo para otro día?
-Pues nos quedamos aquí pero es que no quiero estar solo.

Nao no pudo ni resistirse, sabía que no le iba a dejar si no le hacía caso. Se colocó sus zapatos de tela beige quedándose sentado en su cama mirándole con ojos lastimeros. Nao intentó escuchar la animada conversación del rubio, pero cada dos o tres palabras su cerebro parecía resetearse solo. De lo único de lo que se enteraba era de que estaba muy tristón porque esa mañana nada de lo que se probaba le favorecía. Al castaño le dolía la cabeza una barbaridad, como si miles de agujas se clavaran en su cerebro. Las palabras de su interlocutor se hacían un ovillo en sus oídos. Solo quería que se callase, que le dejara un poco tranquilo. Pero él seguía contándole cosas que para Nao eran triviales incluso tontas. Con esa aguda y penetrante voz que solo lograba que le molestase más. No lo aguantaba iba a volverlo más loco de lo que ya estaba.

-¡Basta! ¡Cállate de una vez! -le chilló de un modo bastante brusco cogiéndole de los hombros, clavándole la mirada de modo doloroso. Asustando bastante al chico. Poniéndose de pie como si un resorte imaginario le hubiese echo saltar, colocando sus manos como si pretendiese taparse los oídos pero sin llegar a tocar cu cabeza.
-Per… perdona Nao, no sabía que te estuviese molestando tanto. -contestó en un hilillo de voz levantándose el también. Miró su rostro y entonces se dio cuenta de que todos los músculos no solo faciales del castaño estaban tensados e inmóviles. -Nao… Nao, ¿qué te pasa?

Pero Nao no contestaba solo permanecía en esa misma postura como si unos grilletes se cerraran en cada parte de su cuerpo haciendo que no pudiese dar ni un solo paso. Nozomu se estaba empezando a asustar realmente. Intentó por todos los medios bajar los brazo de Nao pero estos volvían a su posición de un moso casi inmediato. Estaba demasiado rígido y completamente paralizado. Nozomu en esa aterradora situación lo único que pensó fue en pedir ayuda. Cogió el colgante que el castaño tenía con un botón para llamar a las enfermeras y lo pulsó fuertemente como si así fuesen a llegar más rápido.

-¿Qué pasa Nao? -dijo la metálica voz de Sachiko saliendo de un pequeño megáfono en el escritorio.
-Nao… Está muy raro, algo le pasa. No… no puede moverse. -contestó Nozomu con voz pavorosa mientras que sus ojos se humedecían.
-Nozomi, no te preocupe ahora mismo voy, no te asustes. -concluyó la mujer cerrando la línea de comunicación.

El rubio se quedó de nuevo él solo con la estatua humana en la que su amigo se había convertido. El susto no se le iba del cuerpo pero ya estaba algo menos nervioso sabiendo que ya llegaba la enfermera. Sachiko pasó al cuarto de modo decidido acercándose a los dos chicos.

-¿Qué le pasa? ¿Se va a poner bien? -fue lo primero que dijo el chico al ver a la joven.
-Tranquilo Nozomu, no le pasa nada. Pobre… ya vuelves a estar rígido. No te preocupes ahora mismo se te pasará. -habló con el chico de piedra de modo amable mientras de su bolsillo sacaba una jeringuilla. Subiéndole la manga lo suficiente como para descubrir su brazo. -Ahora Nao, relájate. -le aconseja clavándole la aguja.
-¿Qué… qué es eso?
-Es solo un relajante muscular. No te preocupes Nozomu, Nao se a quedado así de rígido por la medicación. El medicamento ha hecho que la fabricación de dopamina de su cerebro se ralentice y si no descansa pues le puede pasar esto. Dentro de poco se desmayará, es normal, no te asustes.
-Por eso decía que quería estar solo. -murmuró para él mismo sintiéndose realmente estúpido por no haber hecho caso a Nao. Siguió a la enfermera con la mirada hasta que esta volvió a dejarlos solos.

Puede que en ese momento fuese la primera vez que Nozomu era conciente de que no era él el único que estaba en ese hospital. Que no era el único que tenía problemas, que si Nao estaba ahí era también por algo. Nao sí que estaba enfermo, y él había sido muy egoísta cuando no le escuchó. Pero que idiota había sido. Nao tenía que estar pasándolo realmente mal si el modo de curarle era aquel.

De repente un nuevo susto sobresaltó el delicado corazón del rubio. Al igual que antes se había tensado ahora una situación totalmente contraria. Nao calló en la cama como un saco de arena con una debilidad exagerada quedando tirado con el pelo esparcido alrededor como un halo, totalmente dormido. Nozomu, bastante arrepentido, solo le colocó sobre la cama de un modo más cómodo. Le quitó los zapatos y le arropó como si fuese un niño pequeño.

-Lo siento Nao, no sabía que pudiese pasarte algo así. -musitó momo si fuese a escucharle -No te volveré a ignorar cuando me dices “basta”.

miércoles, 29 de septiembre de 2010

7. Gritos de un pájaro herido.

Mizuki golpeó decididamente la habitación de Nao, nadie la contestó por lo que supuso que ya había salido junto a Amai que tampoco estaba en su cuarto. Se alegraba de que Nao estuviese más animado ahora que le chica había ido, pero sentía que tenía que arruinarle el día. Los tres pacientes aparecieron hablando animadamente, sobretodo Nozomu y Amai.

-Hola chicos. -saludó la mujer en tono amable refiriéndose a los tres recién llegados.
-¡Mizu-chan! -exclamó alegre la morena dándole un efusivo abrazo a su doctora.
-Amai, que alegría tenerte verte de nuevo. ¿Qué tal te encuentras? -cuestionó la psiquiatra devolviendo el saludo a la chica.
-Muy requetebién… mira ya me he hecho un nuevo amigo. -contestó ella señalando a Nozomu que estaba al lado de Nao.
-Bueno chicos… ¿os importa que os la robe un momento? Tengo que hablar con ella y después con Nao ¿vale?. -siguió la mujer de gafas guiando a la joven para que le siguiese.
-Vale, pero luego tienes que jugar ese partido que me has prometido. -contestó Nozomu hablándole a Amai más que a la doctora.
-Pues claro, te voy a machacar. -Amenazó ella con una amplia sonrisa para luego marcharse junto a Mizuki.
-Pues nos hemos vuelto a quedar solos. -concluyó Nao mirando como se marchaban escaleras abajo.
-¿Qué hacemos? -preguntó Nozomu mirando al castaño. La verdad es que en esa semana y media que llevaba ahí Nozomu no había conseguido encontrar una afición en común. Tal vez tenía que esforzarse un poco para llevarse mejor con Nao. Se quedó un par de segundos en pose meditativa. -Nao, ¿por qué no me enseñas a dibujar?
-Pero… si yo no sé dibujar… -siguió el joven con un gesto algo extrañado.
-Mentira, sí que sabes.
-¿Tú has visto mis dibujos? Son horribles.
-No son horribles, a mi me gustan y quiero aprender.
-Pero si es que no hay nada que enseñar…
-Venga Nao, por fa… -pidió el rubio tirándole del brazo para que entrara en su habitación.

Nozomu quería entender a Nao, quería saber más de él y comprenderle mejor. Ya no solo por su curiosidad o por sus ganas de saberlo todo, sino porque en aquel tiempo, aunque hubiese sido poco, le había dado la impresión de que Nao guardaba algo que necesitaba sacar. ¿Cómo estaba tan seguro? Eran pequeños gestos, miradas perdidas, frases que dejaba a la mitad, ese chico necesitaba a alguien para desahogarse, alguien que no fuera un psicólogo, y ese quería ser él.

Los dos chicos estuvieron un largo rato trazando líneas sobre las hoja de papel, mientras hablaban de diversas cosas, la mayoría temas que Nozomu comenzaba. Nao empezaba a estar algo más a gusto con el rubio que los días anteriores, pese a que todavía le resultaba algo molesto. Sonría ligeramente al ver como se esforzaba en hacer el dibujo lo más fidedigno a la realidad, pero aun así sin conseguirlo.

-Nozomu… ese ratón no está nada mal… -dijo intentando resultar algo amable.
-¡Jopé! Pero si no es un ratón… -se quejó hinchando los mofletes en forma de enfado.
-¿No? -contestó el castaño algo incomodo por el error.
-Es mi perro Lenteja.
-¿Tu perro?.. -siguió intentando aguantarse la risa, cosa inútil pues unos segundo después explotó en una sonora y escandalosa carcajada.
-¡No te rías de mi! -gruño el pequeño rubio levantándose y dando unos golpecillos en el hombro de Nao.
-No puedo… evitarlo… ¿de veras ese es tu perro? -continuó sin parar de reír intentando parar. -Y para colmo se llama Lenteja… por favor a quien se le ocurre llamar así a su mascota.
-Pues a mí. -contestó en tono indignado dándole la espalda a Nao en pose orgulloso.
-Anda, venga no te enfurruñes. -volvió a hablar el castaño por fin parando la sonora risa que le había poseído.
-No me importa. - finalizó Nozomu esta vez sonriendo ampliamente. -¿Sabes? Me alegro, es la primera vez que consigo hacerte reír y eso me alegra.
Nao desvió la mirada algo avergonzado por lo que el chico de los ojos verdes le había dicho.
-No digas tonterías…
-¡Ya estoy aquí! - exclamó sin previo aviso Amai irrumpiendo en el cuarto donde estaban los chicos haciendo que estos dieran un pequeño salto por la sorpresa.
-¡Qué susto Amai! ¡Casi me da un ataque al corazón! - se quejó el rubito llevándose la mano al pecho como si de verdad tuviese un infarto.
-Tranquilo, hombre… Nao te toca bajar…
-Ya, ya. Ahora mismo voy. Asíque venga ahuecando el ala, que no quiero que os quedéis los dos solos en mi cuarto -contestó, echándoles de ahí entre los quejidos de sus amigos. Cerró la puerta y luego volvió a mirarlos. -Ni se os ocurra entrar sin mi permiso.
-Tranquilo… anda vete, vete. -dijo la chica en un tono más inquietante que tranquilizador.

Nao se giró sin quitarles a los dos los ojos de encima puesto que no se fiaba demasiado de esas traviesas sonrisas. Finalmente acabó de darles la espalda y empezó a caminar lenta y pesadamente. Un par de minutos después de eso el castaño ya estaba tocando sonoramente la puerta de la consulta.

-Adelante. -habló la voz de la doctora desde el interior del cuarto. Nao entró sin demasiado entusiasmo y vio a Mizuki mirando por la ventana.
-¿De que quería hablar conmigo? -preguntó el chico con su tono de indiferencia absoluta y habitual en él.
-Siéntate Nao… -sugirió mientras ella hacía lo mismo -¿Qué tal te estás llevando con Nozomi?
-Bien… supongo. A veces es un poco pesado, pero bien… Al menos es amable conmigo.
-Lo sabía, Tsubaki me habló muy bien de él. Cuando me habló de lo alegre que solía ser pensé en que sería una buena compañía para ti.
-Entonces fuiste tú… -murmuró algo más amargamente el castaño.
-¿A qué te refieres con eso Nao?
-Pues que fuiste tú la que le dijo que se acercara a mi. Crees que yo soy incapaz de tener amigos sin que me ayudes ¿verdad?
-No, Nao no lo mal interpretes…
-¿Entonces qué? ¡No me creo que él se esfuerce tanto por hacerse amigo de un loco por cuanta propia! -exclamó levantándose de la silla rápidamente casi tirándola al suelo.
-Nao cálmate. -siguió la mujer intentando parecer trenuela para no enervar más todavía al paciente.
-¡No quiero calmarme! ¡¿Por qué sigues metiéndote en mi vida?! ¡¿Por qué no me dejas en paz y me curas de un vez?!
-¡Nao!
-¡¿No ves que eso solo me trae problemas?! ¡Tú no eres mi madre! ¡No tienes que preocuparte de si tengo o dejo de tener amigos!
-¡Claro que tengo que preocuparme!
-¡Yo no te importo! ¡Si lo hiciera no me tendrías aquí encerrado!
-¡Deja de decir estupideces! -ordenó la psicóloga en tono firme levantándose ella también. Sus movimientos fueron rápidos y precisos, dándole al joven un fuerte y protector abrazo.
-¡Suéltame! ¡Sueltame! -se quejaba el chico intentando escapar de los brazos de su doctora inútilmente.
-No voy a soltarte hasta que no te relajes… -respondió ella haciendo u esfuerzo para que no se zafara. Nao tenía fuerza y más cuando se ponía nervioso. Ya no era tan fácil controlarle como cuando era pequeño. Nao empujaba y parecía incluso querer atacar, ya estaba acostumbrada, pero ese chico ya era demasiado para manejarle así, pero no quería tener que usar otros métodos con él.
-No puedo más… -confesó Nao dejando que la doctora le abrazara.
-Dime que te ha pasado… -pidió aflojando un poco el agarre.
-Ayer… Tsuke, volvió a aparecer. -musitó en tono triste. -Me dijo… me dijo que si me acercaba demasiado a Nozomu tendría que demostrarme porqué soy suyo. Tengo miedo Mizuki.
-Tranquilo… -susurró suavemente acariciando los castaños cabellos del paciente -No te va a pasar nada. Tsuke note va a hacer nada, te lo prometo.
-¿Cómo está tan segura?
-Nao, confía en mí…
-¿Cuándo va a acabar todo esto? ¿Cuándo van a venir mis padres a sacarme de aquí? -aquellas dos preguntas hicieron que algo se rompiera en el interior de la doctora.
-No lo sé Nao, no lo sé… -contestó la mujer apretando un poco más el abrazo pegándole a ella -Lo siento… siento todo esto que te esta pasando.
-Es todo por mi culpa… -murmuró como si no quisiera que la doctora le oyera.
-No es culpa tuya, no es culpa de nadie. -aclaró al joven separándose al fin de él. -¿Por qué no te sientas de nuevo y me cuentas mejor lo que has estado haciendo estos días?

Nozomu miraba a Amai con una cara que delataba que esta pretendía desobedecer a su amigo que no estaba. La morena cotilleaba la carpeta de Nao donde este guardaba sus dibujos más recientes. La chica ya estaba acostumbrada a no escuchar las ordenes del chico por lo que lo hacía como si no le hubiesen dicho nada. El rubio no podía evitar sentirse atraído a mirar sobre el hombro de Amai para ver lo que había el cartón doblado.

-¡Mira Nono! -exclamó la chica enseñándole uno de los papeles que guardaba el castaño cuidadosamente. En él había dibujado un muñeco de trazos rectilíneos, enormes ojos blancos y una intrigante boca como una cruz.
-¿Qué es eso? -inquirió el chico mirándolo detenidamente.
-¿No ves que eres tú? -contestó ella con otro interrogante.
-¿Ese soy yo?
-Sí mira… es rubio como tú y además está muy delgado… claramente eres tú. Debes de ser algo ya para él. Nao solo dibuja gente que significa algo.
-Gente que significa algo… -repitió como si al hacerlo fuera a entender mejor la expresión.
-Sí gente que para él tiene un… un… -habló ella intentando explicarse pero sin hallar las palabras adecuadas. -Un… algo que hace que tenga relación con otro algo… ¡Jo! No se como explicarme.
-Bueno… eso quiere decir que ya soy totalmente su amigo. -siguió el rubito alegremente.
-O no. -volvió a decir la morena cortando un poco a Nozomu. -También dibuja a quien significa cosas malas.
-Me has matado. -contestó él algo desilusionado.
-Tranquilo seguro que no es nada malo… él dice que yo significo la alegría… a veces…
-Que bonito… ¿Qué significaré yo?
-Pues no lo sé y te aseguro que no te lo dirá.
-¿Y tú como lo sabes?
-¡Ah! Secreto profesional.
-¿Secreto profesional de que Amai? -preguntó el dueño de la habitación desde el umbral mirando a los dos intrusos con cara de pocos amigos.
-Pues de cómo me la apaño para… -la chica no acabó la frase al darse cuenta de que con quien hablaba no era Nozomu sino el propio Nao.
-¿No os he dicho que no tocarais mis cosas? -riñó él remarcando el posesivo en la frase poniendo cara de realmente estar furioso, comenzando a echarles una larga charla algo inconexa sobre la propiedad privada poniendo extrañas metáforas, que tan solo él entendía.

Mizuki había vuelto a mirar fijamente por la ventana con cara pensativa igual que solía hacer Nao en la soledad de su cuarto. La puerta se abrió algo ruidosamente entrando la mujer de largos cabellos teñidos de violeta que lo primero que hizo al cerrar la puerta, para que nadie la viera, fue tirar la carpeta al suelo realmente harta de cargarla por todos lados.

-¡Dios! Pero que de trabajo me dan estas chicas. -se quejó para llamar la atención de la otra joven mujer que seguía meditando. -Pues no me dicen que hace mucho frío aquí. ¿Y por qué se me quejan a mí? ¡Como si fuese yo la que enciende él sol. Y yo pienso, “Para no tener frío con lo del…” Mizuki… ¿Te pasa algo?
-¿Eh? -contestó la morena bajando al mundo real -Anda, Tsubaki, ya estás aquí.
-Como para no enterarse con el golpetazo que he dado. Pero claro como tu mente estaba en la luna no te has enterado. -siguió la otra sentándose en la silla que antes había ocupado Nao. -Venga dime que te ocurre.
-No, no es nada.
-Pues no te creo, sabes que siempre fui la mejor en expresión corporal.
-Sí ya sé que fuiste la mejor de la promoción. Pero en serio que no me preocupa nada.
-Venga… nos conocemos hace mucho y sé cuando algo no va bien. Así que ve soltando por esa boquita. Es por Kanou ¿me equivoco?
-No te equivocas, tienes la razón como siempre… -respondió volviendo a mirar por la ventana.
-No deberías de tomártelo de un modo tan personal con él. Puede que fuese tu primer paciente pero…
-No es solo por eso… aparte de que sea el paciente con el que más tiempo llevo y al que menos he podido ayudar, también tú ya sabes lo que me pasó…
-¿Ves? Ese es tu problema. Nao está enfermo, tiene esquizofrenia. Encariñarse con un paciente así es como hacerlo de un pájaro de tu jardín. Aunque les veas ahí día tras día, siempre, no sabes cuando de repente puede marcharse. Y tú no deberías obligarle a meterse en una jaula.
-Pero Nao está herido, es un pájaro herido, no puedo dejar que se marche.
-No quieres que se marche.
-¿Pero que hago entonces? ¿Le digo “¡Hala estás curado, puedes marcharte”?
-No, pero yo solo te lo digo que pienso. No solo por él, sino también por ti. ¿Tu sabrás lo que haces? Me voy tengo que hablar ahora con otra paciente. El trabajo no acaba. -concluyó levantándose para marcharse y dejar de nuevo a la doctora Mizuki con los ojos fijos en el cielo.